I.E.S. ALONSO CANO (DÚRCAL)
VIAJE DE ESTUDIOS

EGIPTO 2009


Presentación
Luxor
Edfú - Kom Ombo
Asuán - Abú Simbel El Cairo


Ir a Portada


Lunes, 22 de junio:Dúrcal-Madrid-Luxor


    A pesar de que el bus aparece en el punto de encuentro de Granada con 20 minutos de retraso, conseguimos llegar a la ermita poco antes de las 7. Cargamos rápidamente el equipaje y partimos hacia el aeropuerto de Barajas. El conductor nos dice que necesitaremos 5 horas y media para llegar, por lo que parece que tendremos el tiempo muy ajustado.

    A las 9:40 el conductor hace la parada de descanso en el restaurante La Cabaña del Serrano, de Almuradiel (Ciudad Real). Ya entrando en Madrid, perdemos en dos ocasiones la buena dirección hacia el aeropuerto, aunque la retomamos sin perder mucho tiempo. Finalmente llegamos a la T-4 y buscamos los mostradores de los tour operadores. A las 12:45 estamos en el mostrador de Mapatours, donde nos entregan las tarjetas de embarque. Algunos alumnos se han separado del grupo, entretenidos en proteger sus maletas envolviéndolas en plástico, lo que provoca el primer mosqueo de los profesores.

    En el extremo opuesto están situados los mostradores de facturación de Egypt Air, 770, 771 y 772, donde se anuncia el vuelo MRS 752 a Luxor y El Cairo. Facturamos sin problemas y pasamos el control policial. Nos dirigimos a la zona RSU, que resulta ser la T-4S (el satélite de la T-4), utilizando el tren sin conductor y recorriendo un largo trayecto de escaleras mecánicas y pasillos. Pasamos el control de pasaportes y llegamos a la zona de embarque. Nuestra puerta es la R 14. El vuelo aparece anunciado en los monitores con embarque a las 15:01, por lo que damos 20 minutos para comer el bocadillo que traemos. Finalmente embarcamos con una hora de retraso. El avión de Egypt Air no tiene mal aspecto. La distancia entre asientos es cómoda. Despegamos a las 16:50. Hora y media después sirven la cena, que tomamos sin mucho apetito.

    Nos entregan un formulario para que hagamos constar si tenemos algún síntoma que pueda relacionarse con la gripe A. La mayoría de los alumnos lo olvidará en el avión. Cambiamos los relojes, añadiendo una hora. El vuelo va directo a Luxor y desde aquí continuará hasta El Cairo. Aterrizamos a las 21.55. Al bajar del avión notamos un fuerte golpe de calor. El de Luxor es un aeropuerto pequeño, pero coqueto. Nos está esperando un asistente de Mapatours, Ahmed, muy simpático, que nos recoge los pasaportes para poner los visados y nos reparte un par de tarjetas que hemos de rellenar con nuestros datos. Vamos pasando de uno en uno ante una cámara térmica que busca a pasajeros con fiebre. Todo el personal del aeropuerto utiliza mascarillas y guantes para evitar un posible contagio con gripe A. Nos lleva un buen rato cumplimentar las tarjetas y pasar el control de pasaportes. Finalmente salimos al aparcamiento, donde nos espera un bus con los dos guías que nos acompañarán durante todo el viaje: Gadafi y Aimán.

    Los maleteros cargan nuestro equipaje (los guías nos avisan de que ya están pagados, por lo que no es necesario darles propina). Ya en marcha, los guías nos dan algunos consejos para nuestra estancia en Egipto, sobre todo los que tienen que ver con el dinero: debemos tener cuidado en no confundir los billetes de libras con los de piastras, de mucho menos valor; nos ofrecerán cambiar monedas de euro por billetes, cambio que a las dos partes les resulta útil. También nos explican el programa de visitas para la mañana siguiente. Tardamos un buen rato en llegar al atracadero. Para llegar a nuestro barco, el Princesa Amira, que está en segunda línea, debemos atravesar otro, el Nile Dolphin.
  


Los que ya habíamos leído opiniones sobre el barco no nos sorprendemos. La primera impresión es de vetustez. Es una motonave de cuatro estrellas que se ofrece como de cinco. Necesita una reforma en profundidad, si bien es cierto que compensa algunas de sus deficiencias con el trato amable de su personal. Pasamos directamente al comedor, donde nos espera un bufé. Al mismo tiempo tenemos que hacer el reparto de habitaciones, rellenar una ficha por habitación y entregar los pasaportes, que no nos devolverán hasta que abandonemos el barco para volar a El Cairo. Son trámites algo engorrosos a esta hora de la madrugada. Algunos alumnos suben a la cubierta superior a tomar el aire. Vamos a dormir (los que lo hagan) sólo un par de horas, porque nos despertarán a las 4:45. Entregamos a los guías 1050 € (25 por persona) en concepto de propinas, que ellos irán repartiendo a camareros, maleteros, etc. También les entregamos los carnés de estudiante, para que los presenten en las taquillas de los monumentos.

Martes, 23 de junio:Luxor



    Nos llaman a las 4:45 h. El comedor abre a las 5 h. El bufé no está mal. Incluso algunos sibaritas piden que les hagan un huevo frito o una tortilla francesa. Aunque con el sueño pintado en las caras, todos estamos en recepción a la hora indicada, las 5:45. Ahora sí empieza realmente nuestro viaje a Egipto. Además, este primer día es también el de mayor número de visitas. Emplearemos la mañana para vistar el Valle de los Reyes, el templo de la reina Hatshepsut, los Colosos de Memnón y los templos de Luxor y Karnak. Veremos si el cuerpo aguanta. Nos dan una tarjeta que debemos entregar a la vuelta y sirve para controlar las salidas y entradas al barco. Volvemos a cruzar el Nile Dolphin, que está siendo reformado, y por una pasarela bajamos al muelle. Por cierto, el lugar es encantador, lleno de palmeras y buganvillas. La policía turística vigila el desembarque.
Subimos al bus de Mapatours que nos espera. Los guías nos informan de que vamos a cruzar el Nilo por carretera para visitar primeramente la orilla izquierda, las necrópolis tebanas, la tierra de los muertos. Aún es de noche, pero la línea del horizonte empieza a clarear. Después de cruzar el río, la carretera bordea un canal paralelo al río. Palmerales, huertas y acequias empiezan a destacarse con las primeras luces. Adelantamos o nos cruzamos con los carros de los campesinos, tirados por borriquillos que arrastran cargas que parecen imposibles. Ahora sí tenemos la sensación de haber sido transportados a otro mundo. La estrecha y fértil franja de la orilla contrasta con el paisaje desértico que se extiende más allá.

    Bordean la carretera algunas casas con las fachadas sin terminar y los pilares preparados para futuras ampliaciones. Los guías nos explican que, a medida que se van casando los hijos, se vienen con las esposas a vivir a la casa paterna, por lo que se van añadiendo pisos a la construcción. Comentan también la afición de los egipcios a las antenas parabólicas, gasto importante al que hacen frente en detrimento de otros que  nosotros consideraríamos más importantes.

    La carretera se adentra en un paisaje de colinas áridas y rocosas cuyas cimas empiezan a ser doradas por los rayos del sol naciente. Los colores son ahora extraordinarios. A las 6:20 h. llegamos al aparcamiento del Valle de los Reyes.

    Valle de los Reyes

   Entramos en el edificio de recepción, cuyo centro está ocupado por una gran maqueta del sitio arqueológico. Pasamos a una explanada asfaltada en la que esperan los trenecitos que acercan a los turistas hasta la zona de las primeras tumbas. Hemos adquirido una entrada normal, que da derecho a visitar tres tumbas a elegir entre las que se encuentran abiertas. De las 62 tumbas del valle, muchas se encuentran en ruinas o tienen poco interés. Las tumbas están numeradas del 1 al 62, precedidas de la abreviatura Kv (King's Valley). Los guías nos conducen hasta la explanada que hay ante la tumba de Ramsés IV, que será la primera que visitaremos. Previamente nos dividimos en dos grupos y nos van explicando la evolución de los sistemas de enterramiento: simples fosas, mastabas, pirámides, hipogeos, etc. Todas las tumbas del Valle de los Reyes son hipogeos, es decir, que están excavadas en la roca. La puerta, tallada verticalmente en la roca, da paso a un corredor más o menos alto, inclinado, y de hasta más de 100 m. de longitud, con nichos y capillas que se abren a los lados. El corredor acaba en la cámara principal, en la que se encuentra el sarcófago. Y todo maravillosamente decorado con relieves y pinturas sobre la roca o el estuco.

    Se nos advierte de que no se pueden hacer fotografías ni vídeo: mejor llevar la cámara guardada o dejar muy claro que está apagada. Entramos en la tumba de Ramsés IV (KV 2). Es nuestro primer contacto con el arte del Antiguo Egipto. Quedamos boquiabiertos, y eso que esta tumba permanece abierta desde época antigua. Desde el siglo V fue utilizada como capilla copta (cristiana). El guía nos explica con detalle el programa iconográfico de paredes y techos, que se refieren sobre todo a los textos sagrados como el Libro de los Muertos, el Libro de las Cavernas, las Letanías del Sol y el Libro de las Puertas. El sarcófago es de granito y está decorado con escenas del infierno en los laterales y de Ramsés IV entre Isis y Neftis en la tapa.

    A la salida el calor es ya muy fuerte. El guía no parece tener intención de enseñarnos más tumbas. Nuestra entrada nos da derecho a  visitar otras dos. Aimán nos recomienda la cercana de Ramsés IX y otra recientemente abierta tras su restauración: la de Horemheb. Así que, muy animosos, nos dirigimos a la entrada de la tumba KV 6, de Ramsés IX, faraón de la XX dinastía, que reinó entre 1131 y 1112 a.C. Como ocurría con la de Ramsés IV, esta tumba también está abierta desde antiguo, por lo que ha sufrido el lógico deterioro. De todas maneras es muy interesante por la decoración de corredores y salas. La sala del sarcófago, que ya no se encuentra allí, está decorada con escenas del infierno y, en el techo, una representación celeste.

    Salimos y buscamos la tumba de Horemheb, pero pasamos de largo junto a ella sin verla. Giramos a la izquierda y nos dirigimos a la tumba de Tutmosis III, faraón de la XVIII dinastía, que reinó entre 1504 y 1450 a.C. Se encuentra en una profunda grieta de la montaña, a la que se accede por una empinada escalera de hierro. El grupo entra con Virginia, pero Nicolás se vuelve para encontrar la tumba de Horemheb. La de Tutmosis III es una tumba sencilla, pero con decoración interesantísima, de corredor corto y muy pendiente, que se abre en ángulo de 45 grados a una primera gran sala y una segunda en forma de cartucho que contiene el sarcófago. Hace muchísimo calor dentro. El guarda se defiende con tres ventiladores. Nicolás entra en la tumba de Horemheb, que ha abierto tan sólo unos días antes, una vez acabada la restauración. El corredor es muy largo y está dividido en varios tramos de acusada pendiente. La policromía es brillante y desarrolla las escenas mortuorias habituales.

Nos habían citado en el único sitio con sombra para iniciar el regreso. Antes tenemos que atravesar la abigarrada zona dedicada a las tiendas de recuerdos. Los guías nos aconsejan que crucemos sin pararnos y así lo hacemos, rodeados por una nube de vendedores. Llegamos a la explanada donde tomamos de nuevo el trenecito, que nos lleva al gran aparcamiento. Subimos al bus para dirigirnos Deir El- Bahari, al templo de la reina Hatshepsut.

    Templo de la reina Hatshepsut.

    Tardamos sólo 10 minutos en llegar al aparcamiento. El paraje es espectacular. También aquí subimos a un trenecito que nos acerca hasta el templo. Los guías nos han contado quién fue Hatshepsut. Hija de Tutmosis I, esposa de Tutmosis II y madrastra de Tutmosis III, Hatshepsut, fue la reina-faraón que gobernó durante más tiempo, desde 1479 a 1457 a. C.,  en el Antiguo Egipto. Vestía como varón y usaba barba postiza. Apoyada por el sumo sacerdote Hapuseneb y por el arquitecto Senemut, desempeñó la regencia durante la niñez de su hijastro Tutmosis III, que luego trató de borrar su memoria impulsado por un odio feroz hacia ella.

   El templo, obra maestra de Senemut, está muy restaurado. Se encuentra adosado a la montaña, que hace de extraordinario fondo escenográfico, junto a las ruinas de los templos de Tutmosis III y de Mentuhotep I. Su atractiva disposición en terrazas sucesivas, rampas y pórticos, la armonía de las proporciones y la calidad de los materiales, hacen de él una de las cumbres de la arquitectura egipcia.

    Cruzamos la primera terraza y ascendemos a la segunda. A pesar de ser sólo las 8:30, hace un sol despiadado que nos obliga a protegernos rápidamente en la sobra que proyectan las columnas de la capilla de Hator, en el extremo sur del pórtico. Son dos salas hipóstilas, con pilares y columnas hatóricos, que preceden a unos recintos excavados en la roca. Los guías siguen contándonos las tribulaciones de la reina faraón en su lucha para hacer valer su autoridad en un difícil equilibrio con los poderes religiosos. Nos dirigimos después al extremo opuesto del pórtico, a la capilla de Anubis, que tiene un vestíbulo hipóstilo bien conservado, cuyo techo está decorado con un cielo estrellado, y tres pequeños santuarios. Aquí se acaba la explicación de los guías que, como cada vez que hay que subir pendientes o exponerse al sol, dan tiempo libre al grupo para que complete la visita. Subimos la rampa que lleva al pórtico de la tercera terraza, sostenido por pilares osiríacos y columnas. Cruzamos la gran puerta de granito rosa y entramos en el patio, al que se asoman varias capillas y el santuario. Diez minutos después, que cada uno aprovecha como mejor sabe, volvemos a subir al trenecito que nos lleva al aparcamiento.

      Ahora los guías nos llevan a una de las muchas tiendas de alabastro que pululan por el pueblecito moderno. Es una rudimentaria construcción de adobe, con fachada encalada y decorada con dibujos chillones e ingenuos que captan inmediatamente la atención del turista. Bajo un rústico sombrajo varios artesanos, entre ellos un niño, nos hacen una demostración de cómo se trabaja el alabastro, con instrumentos muy rudimentarios. Luego nos pasan a la tienda, que está atestada de objetos de todo tipo en alabastro y basalto. Tras el regateo de rigor nos llevamos algunos recuerdos.

El bus pasa junto al Ramesseum y gira hacia la carretera que lleva directamente al embarcadero para cruzar a Luxor. Dejamos a un lado, sin visitarlo, el templo de Ramsés III en Medinet Habu y, enseguida paramos junto a los Colosos de Memnón.




    Colosos de Memnón.

    Es difícil describir la emoción que despiertan estas dos gigantescas estatuas sedentes de Tutmosis III, muy deterioradas por el paso de los siglos, que se yerguen en lo que era la entrada al templo de este faraón, cuyos materiales fueron reutilizados para otras construcciones. En el año 27 a.C, un terremoto produjo una hendidura en el coloso norte. Al amanecer, el viento que se filtraba por la grieta producía una vibración melodiosa que atraía a muchos visitantes. Los griegos identificaron la figura con el héroe Memnón, hijo de la Aurora, que lucha en La Ilíada en el bando troyano y cae muerto a manos de Aquiles. En el año 130 d.C. el emperador romano Septimio Severo ordenó la restauración del coloso, que perdió así su "voz". Nos detenemos diez minutos para hacer fotografías.

Nos ha quedado por ver buena parte de las necrópolis tebanas: el Valle de las Reinas, la necrópolis de Sheik Abd El-Qurna, las necrópolis de El-Asasif y de El-Kookha, el Rameseum, los templos de Medinet Habu, … Pero no disponíamos de los cuatro días recomendados, sino de poco más de tres horas.
    Vamos a cruzar el Nilo en barca hasta el templo de Luxor para ganar tiempo y el bus se volverá de vacío dando el rodeo de siete kilómetros por el puente. Son las 10:20. Los guías nos advierten de que tengamos cuidado con los niños que venden baratijas, pues pueden aprovechar un descuido para hurtar algo. Nos distribuimos en dos barcazas desvencijadas y multicolores y cruzamos el Nilo hasta el embarcadero contiguo al templo de Luxor. Cerca de la taquilla, aprovechando una mínima sombra, cada guía explica a su grupo la gran fachada del templo.




    El templo de Luxor

    Dependía del de Karnak, al que estaba unido por una avenida flanqueada por esfinges criocéfalas (con cabeza de carnero). Las excavaciones han sacado  a la luz un centenar de metros de esta avenida. El templo se utilizaba sólo en una ocasión cada año, cuando las estatuas de Amón-Ra, Mut y Khonsu eran traídas hasta aquí en procesión desde el templo de Karnak.

    El templo fue construido y reformado a lo largo de mil años, pero la actividad constructora fue especialmente importante con Amenofis III y Ramsés II. Este último mandó construir el pilón o fachada monumental, de 65 metros, ante el cual se alza un impresionante obelisco de 25 metros. Había otro gemelo, pero fue trasladado a París y colocado en la plaza de la Concordia. De las seis estatuas colosales sólo quedan tres, dos de ellas, flanqueando la puerta de entrada, representan a Ramsés II. Los relieves del pilón representan escenas de campañas militares de Ramsés II y la célebre batalla de Qadesh.

    Al traspasar la puerta entramos en el primer patio, el de Ramsés II. A la izquierda nos sorprende encontrar una mezquita, en cuya restauración trabajan algunos obreros. Se trata de la mezquita de Abu el-Aggaq, que fue construida cuando la arena cubría buena parte del templo, sobre lo que los musulmanes supusieron que era una base de piedra. En el lado contrario, pegadas a la pared interior del pilón, están las tres dependencias de la capilla donde se depositaban las barcas sagradas. El resto del patio consiste en un pórtico de dobles columnas de fuste liso y capitel papiriforme cerrado. Entre las columnas hay estatuas de Amenofis III usurpadas por Ramsés II. A este faraón representan las dos grandes estatuas sedentes que flanquean la entrada a la columnata. Entramos en ésta. Un grupo de turistas españoles rodea y trata de reanimar a una mujer que ha sufrido un desvanecimiento.

    La llamada columnata es una sala alargada con dos filas de siete columnas campaniformes de fuste liso y una altura de casi 16 metros que da acceso al segundo patio, el de Amenofis III. Allí nos sentamos a descansar un poco, atendiendo a las explicaciones del guía. El pórtico tiene en tres de sus lados una doble hilera de columnas fasciculadas con capiteles papiriformes cerrados, que se convierte en cuádruple hilera para formar la sala hipóstila. Pasada ésta se accede al santuario, formado por diversas salas. Nos detenemos especialmente en la reconstruida por Alejandro Magno. Curiosa es la representación itifálica de Amón, con el pene erecto simbolizando la fertilidad. Al  final se encuentra la dependencia más secreta, el Sancta Sanctorum. Los vigilantes animan a los turistas a fotografiarse en los rincones más recónditos y tienden luego la mano para recibir su propina. Acabada la visita damos unos minutos de tiempo libre, que aprovechamos para hacer fotos, por ejemplo, de la avenida de las esfinges.

    Algunos alumnos presentan ya signos de fatiga. Son las 11:30 de la mañana. Subimos al autobús, que nos espera en las inmediaciones del templo y en pocos minutos llegamos a la que será nuestra última visita del día, el gran templo de Karnak. El trayecto en bus ha sido de diez minutos pero muchos alumnos no han podido resistirse y han echado una cabezada reparadora.





    El templo de Amón en Karnak

    Llegamos al aparcamiento y entramos en el moderno edificio que recibe a los visitantes. Una maqueta de todo el conjunto monumental permite hacerse una idea de su distribución. Salimos a una amplia explanada con palmeras, al fondo de la cual se alza el primer pilón. Nada más pasar un control de seguridad, enfilamos la avenida flanqueada por esfinges que nos lleva hasta la entrada del gran templo de Amón.

    El primer pilón mide 113 metros de largo. No está decorado, pues no se llegó a acabar. El lado sur está mejor conservado y alcanza los 30 metros de altura. Entramos en el gran patio, que tiene pórticos en los lados izquierdo y derecho. A la izquierda (lado norte) está el templo de Seti II, formado por tres capillas utilizadas para guardar las barcas sagradas. Aquí nos reagrupamos para comenzar la visita y atender a las explicaciones de los guías. Uno de ellos comunica que le sobran 10 entradas, es decir, que otros tantos alumnos se han quedado en el autobús o no han entrado en el conjunto monumental. Los profesores muestran su enfado. Hay que ser bruto para quedarse en el autobús sin ver el templo más importante de todo Egipto. Reconocemos que hemos madrugado muchísimo y que ésta es ya la cuarta o quinta visita del día, pero hay que hacer un esfuerzo. Además vamos a disponer del resto del día para descansar plácidamente en el barco. Uno de los guía sale en busca de esos alumnos, a los que impondremos la multa correspondiente por abandonar el grupo.

    Delante del pórtico de la derecha, de columnas con capiteles papiriformes cerrados, podemos ver una hilera de esfinges, aunque no fue esa su ubicación original. El pórtico está cortado por el templo de Ramsés III, relativamente bien conservado. No llegamos a entrar en él (no lo tenían previsto los guías), sólo vemos los colosos del faraón situados ante la fachada. En el centro del patio estaba situado el llamado Quiosco de Taharqa, que tenía dos hileras de cinco columnas de 21 metros de altura, de las que se conserva en pie una.

    Al fondo del patio está el segundo pilón, muy deteriorado, flanqueado por estatuas colosales. A la izquierda, la estatua de 15 metros Ramsés II, con su hija Bent-Anta entre las piernas. Un poco más allá, los restos de otro coloso. A la derecha, otro coloso de granito rosa, mutilado, que representa al mismo faraón.

    Se cruza una puerta inmensa y se ingresa en el espacio más extraordinario del gran templo, una de las cimas del arte egipcio, la gran sala hipóstila. Un bosque pétreo formado por 134 gigantescas columnas. Las doce centrales, con capiteles papiriformes abiertos, tienen 23 metros de altura, un tercio más que las 120 restantes, de capitel papiriforme cerrado. La diferencia de altura posibilitaba la entrada de la luz a través de unas rejillas de piedra, algunas de las cuales se conservan aún. El visitante se siente empequeñecido ante el tamaño y la grandiosidad de estas columnas. Los capiteles de las centrales tienen una circunferencia de 15 metros. Los enormes arquitrabes dejan ver los restos de la pintura originaria. Parece que el suelo, con las crecidas del Nilo, era inundado por una fina capa de agua, que reflejaría los rayos de sol que entraban por las aberturas cenrales. Así, el conjunto representaría una marisma de la que emergían los tallos del papiro, las columnas, simbolizando la primigenia potencia creadora de Amón.

    Cruzando los restos del tercer pilón entramos en el patio de Amenofis III. A la derecha una puerta comunica con el Patio del escondite y los Propileos del Sur. El patio tenía cuatro obeliscos de granito rosa, de los que se conserva uno, de 23 metros. Pasado el cuarto pilón se entra en el llamado Vestíbulo de Tutmosis III. Un impresionante obelisco de 30 metros, mandado construir por la reina Hatchepsut, se alza hacia el cielo. Otro obelisco gemelo no se ha conservado.

    Los pilones quinto y sexto están en ruinas. Se entra en el patio del santuario. Y al santuario de las barcas sagradas, cuyo techo se ha reconstruido, nos dirigimos. Es el primer espacio umbroso que encontramos y los alumnos se sientan a ambos lados de esta sala dispuesta en sentido longitudinal y que se utilizaba para colocar las barcas sagradas.

    No continuamos más adelante. Los guías nos llevan a la zona del lago sagrado. Allí, alrededor del enorme escarabajo construido por Amenofis III, damos las siete vueltas de rigor y cumplimos con esos estúpidos ritos con los que los guías poco escrupulosos embaucan al crédulo turista.

    Aquí se da por finalizada la visita. Nos quedan bastantes cosas por ver, como el templo de Ptah, con la estatua de Sekhmet, la deidad de cabeza de leona. Pero los guías nos hurtan esta visita, que se aparta unis cien metros del recorrido habitual. Tampoco podemos ver los recintos de Mut y Montu ni el paseo de las Esfinges, todos ellos cerrados temporalmente al público. Así es que aprovechamos para hacer las últimas fotos mientras desandamos el camino hasta la entrada. A las 13 horas estamos todos en el autobús.








  
     Hay muchas ganas de llegar al barco. Enseguida nos duchamos y pasamos al comedor. La comida está bastante bien. Navegaremos durante toda la tarde. Nos avisan de que a las 4:30 servirán té y pastas en la cubierta superior. A esa hora de nuestro grupo sólo sube Nicolás. Un rato después aparecen dos alumnos y, ya más avanzada la tarde, al reclamo de las piscina, aparece un grupo más numeroso. La mayoría duerme a pierna suelta hasta la noche.


    Cuando uno se ha acostumbrado al cambio de temperatura, pasando del aire acondicionado del camarote a la brisa ardiente de la cubierta, saboreando el té ofrecido por atentos camareros, es el momento de disfrutar de un espectáculo extraordinario: el barco remonta lentamente el Nilo, cuyas aguas adquieren a esta hora de la tarde un color azul profundo. Las fértiles riberas son una estrecha franja verde de palmeras y cultivos que se recortan sobre el ocre del desierto.  Pueden verse animales abrevando, niños jugando o bañándose, campesinos trabajando.











    A medida que el barco se acerca a la población de Esna se van viendo más motonaves, algunas muy lujosas. Antes de llegar a las esclusas los barcos aminoran su marcha y se van alineando para seguir su riguroso turno. En este momento aparecen de pronto decenas de barquillas que se ponen a los costados de los barcos de turistas y realizan peligrosas maniobras para acercarse. En cada barca hay dos personas, una que maneja un par de remos y otra de pie que lanza hasta la cubierta de las motonaves bolsas con chilabas o mantelerías. Es admirable la fuerza y la precisión con que se lanza la mercancía. Los turistas ven caer sorprendidos a sus pies esta lluvia de tejidos multicolores. Empieza el regateo a voces. Cuando no se está interesado en adquirir la chilaba, se vuelve a lanzar hacia la barquilla, con mucha menos precisión, desde luego. No son muchos los que compran. Algunos turistas ofrecen cantidades irrisorias por una chilaba, en un juego de regateo que tiene algo de impúdico. Las barcas tienen que maniobrar para evitar la embestida de otras motonaves. Un espectáculo curioso pero que deja un regusto amargo, el del tremendo contraste entre los barcos de lujo llenos de ociosos turistas en traje de baño  y la de esos pobres vendedores que cada tarde aguardan la llegada de los barcos para ganar, con suerte, unos pocos euros.

    Está anocheciendo cuando entramos en la esclusa para salvar el desnivel del río. A las 20 horas cenamos. Convocamos una reunión del grupo a las 22 en la cubierta superior. Hemos recibido la queja de algunos pasajeros por el ruido originado la noche anterior. Pedimos a los alumnos que si quieren trasnochar lo hagan en esta cubierta, donde no se molesta a nadie. Aprovechamos para preguntar quién estaría interesado en participar en la excursión al poblado nubio. Los guías piden 45 € por persona. Como ya hemos aprendido a regatear, rebajan hasta los 40 €. Seguiremos negociando.

    Ha sido un día intensísimo. Mañana nos despertarán a las 6:30 horas. Algunos nos retiramos a descansar antes de medianoche.