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Acis y Galatea


   Cuando la noche toma posesión de su reino sin distinguir dentro y fuera, antes y después, realidad y quimera, se escucha el rugido de aflicción de Polifemo. UnJean François de Troy: Acis y Galatea grito bronco, profundo y largo, tan dolorido como amenazante. El gigante se ha transformado en una fiera que brama y lanza zarpazos al aire. Incapaz de contener su furor, golpea los peñascos con los puños cerrados, arranca árboles y los arroja por los precipicios. Las alimañas se esconden en lo más recóndito de sus guaridas. La tierra se estremece.
Rafael. Galatea Ajena a la violencia que se avecina, la ninfa Galatea emerge del mar. Se regocija unos instantes en la espuma con que las olas la obsequian y ordena a sus tritones que la conduzcan hasta la orilla donde la espera Acis. Hace unos días que las flechas de Eros la han alcanzado en pleno corazón y lo ha perdido. Ahora es de Acis, un hombre hermoso y deslumbrante como el nácar de las conchas marinas. Sus ojos de color miel la atraen como a una abeja, sus brazos prometen vigor y dulzura y la ninfa arde en deseos de probar su boca. Él sale a su encuentro y la toma de la mano. Se miran y miran a su alrededor. La playa está solitaria bajo el sol del mediodía y, a corta distancia, unas rocas se agrupan en forma de media luna y ofrecen sombra a un lecho arenoso. Ese va a ser su tálamo nupcial.


   El único ojo de Polifemo gira y gira enloquecido. Saltando de peña en peña, el gigante recorre la costa en busca de los amantes. Calas, rocas, bahías, cuevas, nada escapa a su escrutinio. Su furor es creciente. Él mismo lo alimenta con ideas feroces cuando siente que el cansancio lo aplaca. Por fin, cerca del atardecer, los descubre. En su delirio piensa que Acis le está robando los besos que eran para él, las caricias que le pertenecían. Galatea es suya y solo suya, nadie se la arrebatará. Coge entonces una de las rocas que les daba cobijo y la levanta por encima de su cabeza antes de proferir un espantoso grito. Galatea y Acis se ponen en pie de un salto. Apenas tienen tiempo de reaccionar al peligro. Corren hacia el agua, pero ya Polifemo ha lanzado la roca contra Acis y éste sucumbe aplastado por ella.
   De noche Polifemo aúlla como las fieras acorraladas. Galatea finge no oírlo. No siente compasión por él y ésta es la única manera que tiene de castigarlo. Cuando el gigante mató a Acis, ella, deshecha en llanto, le preguntó a gritos por qué. Y cuando le contestó que estaba enamorado de ella, la ninfa se abrazó al cadáver de su amante y respondió a su asesino: tú nunca me has amado.


Tomado del Blog de Isabel Barceló



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