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LEYENDAS MITOLÓGICAS Página principal Dpto. Latín
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Alfeo y Aretusa


   Plutón, enamorado de Proserpina, hija de Ceres, decidió raptar a la muchacha y, con un golpe de su tridente, abrió la tierra, atravesándola hasta llegar a su reino de las profundidades. Ceres no dejó de buscar a su hija día y noche. Fue de país en país atravesando mares y ríos, hasta que, por fin, volvió a Sicilia, de donde había partido. Se sentó junto a la orilla del río Cyane, justo donde Plutón abrió la Tierra y accedió a sus dominios llevando a su presa. La ninfa del rio hubiera querido contarle a la diosa todo lo que había visto; pero no se atrevió por temor a Plutón; sin embargo, se aventuró a tomar un ceñidor que Proserpina había dejado caer y lo depositó a los pies de la madre. Al verlo, Ceres supo con certeza que la había perdido para siempre. Pero desconocía cuál había sido realmente la causa y echó la culpa a la inocente Tierra. «Suelo desagradecido», dijo ella, «te he hecho fértil, te he vestido de pasto y grano, pero ya no volverás a gozar de mis favores.» Entonces el ganado murió; el arado se quebró en el surco y las semillas no germinaron. El Sol era demasiado fuerte; la lluvia, excesiva; los pájaros robaban las simientes y sólo los cardos y las zarzas prosperaban.



    Viendo todo esto, la fuente Aretusa intercedió por la Tierra. «No culpes a la Tierra, diosa», dijo. «Se abrió involuntariamente para que pasara tu hija. Yo puedo contarte qué ha sido de ella porque la he visto. Éste no es mi país natal; yo llegué hasta aquí desde Elis. Allí era una ninfa del bosque y disfrutaba de la caza. Todas alababan mi belleza, pero yo no me preocupaba de ella y sólo presumía de mis éxitos como cazadora. Un día, volvía del bosque acalorada por el ejercicio, cuando llegué hasta una corriente que fluía silenciosa, tan clara que se podían contar los guijarros del fondo. Los sauces le proporcionaban sombra y la pradera descendía verde y suave hasta el borde del agua. Me acerqué y sumergí un pie, después me metí hasta las rodillas,  y  por  fin no me pude resistir:  dejé mis  ropas  en los sauces y me lancé a disfrutar  del agua. Mientras  nadaba  escuché un vago murmullo que salía del fondo. Asustada, me apresuré a alcanzar la orilla más próxima. Una voz dijo: "¿Por qué huyes Aretusa? Soy Alfeo, el dios de esta corriente." Nadé más deprisa pero él me perseguía. No era más rápido que yo, pero sí más fuerte, y al fin me alcanzó cuando me fallaron las fuerzas. Entonces, exhausta, grité pidiendo ayuda a Diana: "¡Ayúdame diosa, ayuda a tu adoradora!" La diosa me escuchó y me envolvió en una nube. El dios-río me buscaba por todas partes y un par de veces pasó junto a mí sin verme. "¡Aretusa, Aretusa!", gritaba. ¡Oh! qué miedo pasé, como un cordero que oye gruñir al lobo fuera del redil. Un sudor frío me inundó, mi cabello fluía como una corriente y a mis pies se arremolinaba el agua. En pocas palabras, en menos tiempo del que se tarda en decirlo me convertí en una fuente, pero estando en esa forma Alfeo me encontró y quiso mezclar sus aguas con las mías. Entonces, Diana hendió la tierra y por allí traté de escapar; me lancé a la caverna y, atravesando las entrañas de la tierra, logré aflorar aquí, en Sicilia. Mientras atravesaba las profundidades pude ver a tu hija Proserpina. Parecía  triste,  pero  ya no  había  miedo  en  su rostro.  Tenía  el  porte  de una reina,  la reina  del Erebo,  la poderosa  novia  del monarca  del reino de los muertos.»


Cuando Ceres escuchó este relato volvió su carro hacia el cielo y se apresuró a presentarse ante el trono de Júpiter. Allí contó la historia de cómo había sido privada de su hija e imploró a Júpiter que interviniera para que le fuera devuelta. Júpiter consintió con una condición: que Proserpina no hubiera tomado ningún alimento durante su estancia en el submundo, de otro modo las Parcas prohibirían su regreso. Pero Proserpina había comido ya unos granos de la granada que el astuto Plutón le había ofrecido. El regreso era ya imposible. No obstante, se llegó a un acuerdo: Proserpina podría volver a la superficie durante seis meses, al cabo de los cuales descendería al inframundo para pasar allí otros seis meses. Y así todos los años.



                En cuanto a Alfeo, no se dio por vencido. Según unos, su corriente atraviesa el mar sin mezclarse con él hasta llegar a Sicilia, fundiéndose con las aguas de su amada Aretusa. Según otros, su corriente se hunde y atraviesa la tierra por canales subterráneos para salir justo en el manantial de Aretusa. De aquí surgió la leyenda de que cualquier objeto arrojado a la corriente del Alfeo reaparecería en Sicilia. Acostumbraban los jóvenes enamorados a lanzar guirnaldas de flores a la corriente del Alfeo, seguros de que éste las depositaría a los pies de Aretusa.




Fuente: La edad de oro del mito y la leyenda, de Thomas Bulfinch (1796-1867). Traducción de Soledad Arce. Págs. 75-78. Madrid, 1995

 



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