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Antígona


   Gran parte de los personajes  de la antigua Grecia son de sexo femenino. Antígona es un brillante ejemplo de fidelidad filial  y fraternal, así como Alcestis  de la devoción conyugal. Antígona era hija de Edipo y Yocasta, la cual fue víctima junto con toda su descendencia de un destino implacable que los condenó a la destrucción. Edipo en su locura se sacó los ojos y fue apartado de su reino, Tebas, temido y abandonado por los hombres y siendo objeto de la venganza de los dioses. Tan sólo Antígona, su hija, le acompañó en su vida errante y permaneció junto a él hasta que murió y después regresó a Tebas.  Sus hermanos, Eteocles y Polinice, acordaron compartir el reino y reinar alternativamente un año cada uno. El primer año le tocó a Eteocles y cuando su año expiró se negó a ceder el reino a su hermano. Polinice huyó a Argos, cuyo rey, Adrasto, le concedió a su hija en matrimonio y le ayudó con un ejército para que defendiera su derecho al trono. Esto condujo a la famosa expedición de  los «Siete contra Tebas», que tanto material proporcionó a los poetas épicos y trágicos en Grecia.

Anfiarao, cuñado de Adrasto, se opuso a la empresa porque él era un adivino y supo mediante sus artes que ninguno de sus capitanes volvería vivo excepto Adrasto. Pero cuando Anfiarao se casó con Erífila, la hermana de Adrasto, las dos cuñadas acordaron que siempre que hubiera diferencias de opinión entre ellos dejarían la elección a Erífila. Sabiendo esto Polinice regaló a Erífila el collar de Armonía y así la predispuso a su favor. Este collar fue el regalo que Vulcano hizo a Armonía cuando se casó con Cadmo y Polinice se lo había llevado en su vuelo a Tebas. Erífila no resiste su tentador soborno y su decisión fue la guerra y Anfiarao marchó a su destino cierto. Tomó parte bravamente en la contienda, pero no pudo evitar su sino. Perseguido por el enemigo, huyó a lo largo del río, cuando un rayo lanzado por Júpiter abrió la tierra que se tragó al carro y a su conductor.


No hay sitio aquí para describir con detalle todos los actos de heroísmo y de atrocidad que marcaron la contienda, pero debemos recordar la fidelidad de Evadne, como contraposición a la debilidad de Erífila. Capano, el esposo de Evadne, en el fragor de la lucha afirmó que él entraría en la ciudad aun a pesar del mismo Jove. Colocó una escalera contra el muro y subió, pero Júpiter, ofendido por su impío lenguaje, le alcanzó con un rayo. Cuando se celebraron sus exequias Evadne se arrojó a la pira funeraria y murió.


Al comienzo de la contienda Eteocles consultó al adivino Tiresias por el resultado final. Tiresias en su juventud había visto por casualidad a Minerva bañándose. La diosa, llevada por la ira, le privó de la vista, pero después, recapacitando, le dio en compensación el conocimiento de los acontecimientos futuros. Cuando Eteocles le consultó, él afirmó que la victoria sería de Tebas si Menoeceus, el hijo de Creón se ofrecía como víctima voluntaria. El heroico joven, consciente de la responsabilidad, perdió la vida en el primer encuentro. El sitio se alargó durante mucho tiempo y al final ambos ejércitos acordaron que eran los hermanos los que tenían que resolver su disputa en combate mano a mano.



Pelearon y cayeron el uno a manos del otro. Los ejércitos reanudaron la lucha y finalmente los invasores se vieron obligados a ceder en sus pretensiones y huir dejando sin enterrar a sus muertos. Creón, el tío de los caídos príncipes, se convirtió en rey e hizo que Eteocles fuera enterrado con grandes honores, pero dejó que el cuerpo de Polinice yaciera donde cayó y no permitió que nadie le diera sepultura.



Antígona, la hermana de Polinice, escucha con indignación el terrible edicto que condenaba al cuerpo de su hermano a los muertos y a los buitres, privándole de aquellos ritos que se consideraban esenciales para el reposo de los muertos. El consejo de la amante, pero tímida, hermana no conmovió al rey. Ella, incapaz de conseguir ayuda, decidió correr el riesgo y enterrar el cuerpo con sus propias manos. Fue detenida en el intento y Creón dio órdenes de que fuera enterrada viva por haber hecho caso omiso deliberadamente del solemne edicto de la ciudad. Su amante, Haemón, hijo de Creón, incapaz de evitar su destino, no quiso sobrevivirla y se dio muerte.

Fuente: La edad de oro del mito y la leyenda, de Thomas Bulfinch (1796-1867). Traducción de Soledad Arce. Madrid, 1995





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