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Cadmo y Harmonía


CADMO, hermano de la bella Europa, era hijo de Agenor, rey de Fenicia. Cuando Júpiter, después de metamorfosearse en toro, raptó a Europa, inmediatamente Agenor envió a Cadmo en busca de su hermana advirtiéndole que no volviera a su palacio hasta haberla encontrado.

    Cadmo después de realizar en vano muchos viajes y perdida ya la esperanza de hallarla, renunció a volver a su patria y consultó al oráculo de Delfos para saber en qué país debla fijar su residencia, a lo cual respondió el oráculo: «En un campo desierto hallarás una vaca que no ha sido jamás uncida al yugo: sigue sus pisadas, levanta una ciudad en el lugar en que ella se detenga a apacentarse y da a esta comarca el nombre de Beocia».

    Apenas Cadmo hubo abandonado el antro de la pitonisa. se encontró con la vaca; siguióla y cuando ella se detuvo resolvió, lleno de alegría, ofrecer a Júpiter un sacrificio en acción de gracias. A este efecto ordenó a sus compañeros que fueran a una selva próxima, para recoger un poco de agua de una fuente que manaba en el fondo de una caverna. Este bosque estaba consagrado a Marte y un dragón custodiaba la entrada de la cueva; este dragón tenía un aspecto feroz, sus fauces estaban provistas de una triple hilera de dientes y tenia tode el cuerpo cubierto de escamas amarillentas. Apenas los amigos de Cadmo hubieron bajado a la oscura caverna y empezaban a recoger el agua, cuando a causa del ruido que ellos hicieran despertóse el dragón. Llenos de espanto ante su terrible aspecto, dejan caer de sus manos los cántaros y quieren huir, pero el animal se lanza furioso sobre ellos, desgarra a unos con sus dientes, ahoga a otros arrollándolos entre los pliegues de su piel o envolviéndoles en su hálito envenenado.Viendo Cadmo que no volvían y extrañando su tardanza, empezó a inquietarse. Entonces, después de haberse vestido con su piel de león, toma su lanza y sus dardos y se dirige precipitadamente hacia el bosque. ¡Qué espectáculo más horrendo se ofrece ante sus ojos! La enorme serpiente yacía recostada sobre los cuerpos de sus compañeros, bebiendo su sangre y alimentándose con sus carnes palpitantes aún. Cadmo no puede contener su furor y exclama: «¡Amigos, vuestra muerte será vengada o yo pereceré como vosotros!» Inmediatamente, con mano segura, lanza su dardo contra el monstruo, le hiere en la espina dorsal, y atravesándole el cuerpo de parte a parte le arranca la vida. Cuando vencido el monstruo, Cadmo se complace en contemplar la desmesurada corpulencia de su víctima y se goza en observar sus últimas convulsiones, Palas, que protege al héroe fenicio, baja del Olimpo y le ordena que siembre los dientes del dragón para que, de esta manera pueda obtener un «nuevo pueblo».

    Cadmo obedece sin alcanzar el sentido de la orden que la diosa le intima, ara la tierra y disemina en los surcos los dientes del monstruo. Tres días después los terrones empiezan a moverse; primero surgen las puntas de las lanzas, después los cascos guarnecidos de plumas, seguidamente se destacan las espaldas, el pecho y los brazos nervudos de los nuevos hombres y al fin se agranda imperceptiblemente aquel extraño plantel de guerreros. Semejante batallón le infunde temor y se aprestaba ya a tomar las armas cuando uno de estos hijos de la tierra, dirigiéndose a él, le dice: «Detén tu brazo y permanece neutral en la guerra civil que vas a presenciar».Dichas estas palabras hundió su espada en el pecho de uno de sus hermanos y a su vez cayó también él herido por un dardo. El causante de tal muerte no sobrevivió a su crimen y al cabo de pocos momentos perdió una existencia apenas comenzada. Toda la multitud se siente animada de igual furor y los desdichados hermanos luchan entre sí causándose la muerte y empapando con su sangre el suelo que acababa de engendrarlos.Solamente cinco quedaban en pie, uno de los cuales era Equión, quien habiendo depuesto las armas por orden de Palas, concertó la paz con sus hermanos prometiéndose, con un estrecho abrazo, amor y fidelidad.

    Convertidos éstos en compañeros de Cadmo, les encomendó la construcción de la ciudad que el oráculo le mandara edificar y que no era sino la famosa ciudad de Tebas. Cuando la hubieron terminado, Cadmo dictó leyes y tomó sabias medidas para mantener entre los ciudadanos la unión, el orden y la paz.

    Después tomó por esposa a Harmonía o Hermione, hija de Venus y Marte. Esta unión tuvo los más halagüeños comienzos. Cadmo gozaba viéndose yerno de dos grandes divinidades, padre de cuatro hijas tan bellas como seductoras (Íno, Agave, Autonoe y Semelé) y jefe supremo de un pueblo adicto y sumiso; pero Juno no veía con buenos ojos tanta felicidad. Celosa, como era, ¿podía olvidar que Cadmo era el hermano de Europa, su rival? Por esto no se dió punto de reposo hasta que hubo empañado la alegría de este príncipe acumulando sobre él toda suerte de pesares. Acteón, su nieto que era un diestro cazador, murió despedazado por sus propios perros; Semelé pereció víctima del fulgor ardiente de los rayos de Júpiter; Penteo, hijo de Agave, fue despedazado por las bacantes; Ino, presa de la locura, se precipitó en el mar, y, para cúmulo de infortunios, rebelóse contra él su pueblo, su autoridad fue despreciada y después de haber sido arrojado de Tebas se vio obligado a buscar, juntamente con su esposa, un refugio en lo más apartado de la Iliria. Agobiados uno y otro por el peso de los años y de los sinsabores, rogaron a los dioses que pusieran fin a sus males y fueron convertidos en serpientes.



    Según opinan muchos autores, Cadmo fue el primero que llevó a Grecia el conocimiento de las letras y que introdujo en esta comarca el culto de los dioses de Egipto y Fenicia.


Fuente: J. Humbert, Mitología griega y romana, Ediciones G. Gili, S. A. México, D. F. 1978


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