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Ceix y Alcíone


   CEIX era el rey de Tesalia, donde reinaba en paz y con justicia. Era el hijo de Héspero, la estrella del alba, y su resplandeciente belleza recordaba a la de su padre. Alcíone, hija de Eolo, era su esposa y ambos estaban muy unidos. Pero la pérdida de su hermano afligía profundamente a Ceix. Esta desgracia y la serie de espantosos fenómenos que se produjeron a continuación le llevaron a pensar que los dioses le eran hostiles. Creyó lo mejor, por tanto, hacer un viaje a Claros en Jonia para consultar al oráculo de Apolo, pero tan pronto anunció su intención a su esposa ésta sintió que un estremecimiento le recorría el cuerpo y su rostro quedó mortalmente pálido. "¿Qué falta he cometido, amado esposo, para perder tu afecto? ¿Dónde está ese amor por mí que ocupaba todos tus pensamientos? ¿Has aprendido a no echar de menos a Alcíone? ¿Prefieres tenerme lejos?" Trató de desanimarle describiendo la violencia de los vientos a los que conoció íntimamente cuando vivía en la casa de su padre, Eolo, el cual, aun siendo su dueño y señor, tenía que hacer grandes esfuerzos para controlarlos. "Se lanzan unos contra otros con tal furia -decía ella- que hacen saltar chispas. Pero si incluso así quieres ir -añadió- permíteme al menos ir contigo, amado esposo; de otra forma, no sólo sufriré por los peligros reales que encontrarás sino también por aquellos que mis temores inventen."

    Estas palabras pesaron mucho en el ánimo del rey Ceix y sus deseos de llevarla consigo no eran menores que los de ella; pero no podía exponerla a los peligros del mar. Por tanto intentó consolarla lo mejor que pudo y añadió: "Prometo, por los rayos de mi padre, la estrella del Alba, que si el destino lo permite habré regresado antes de que la Luna haya dado dos vueltas a su órbita" Dicho esto, ordenó que preparasen la nave y que remos y velas fueran llevados a bordo. Cuando Alcíone vio estos preparativos se estremeció con un mal presentimiento. Con lágrimas y sollozos dijo adiós y cayó sin sentido al suelo.

    Ceix aún se habría quedado, pero ya el joven que le conducía en un bote hasta el barco remaba vigorosamente sobre las olas con largos y medidos golpes. Alcíone abrió sus ojos llenos de lágrimas y vio a su esposo en la cubierta diciéndole adiós con la mano. Ella respondió de igual forma hasta que la nave se alejó tanto que no pudo distinguir la forma del rey. Cuando ya tampoco se veía la nave se restregó los ojos para obtener el ultimo atisbo de la vela, y finalmente ésta también desapareció. Entonces se retiró a su cámara y se arrojó sobre su solitario lecho.
Mientras tanto el barco se deslizaba mar adentro con la brisa en los cables. Los marinos retiraron los remos e izaron las velas. Pero no habían recorrido aún ni la mitad del camino cuando, al caer la noche, el mar empezó a blanquear con la espuma de grandes olas y el viento del Este levantó una galerna. El rey dio orden de arriar las velas, pero nadie le obedeció porque la tormenta impedía que le oyeran, tal era el rugido del viento y las olas. Y mientras cada uno hacía lo que le parecía mejor, la tormenta empeoraba. Los gritos de los hombres y el estruendo de las olas rompiendo sobre el barco se mezclaban con el estampido del trueno.

    El crecido mar parecía elevarse hasta el cielo y salpicar su espuma entre las nubes, para después hundirse hasta el abismo, de una negrura estigia, arrastrando la nave con él.
Parecía un animal salvaje huyendo ante las lanzas de los cazadores. La lluvia caía en torrentes como si descendieran los cielos a juntarse con el mar. Cuando los relámpagos cesaban por un momento, la noche parecía añadir su propia oscuridad a la de la tormenta. Entonces volvía el relámpago, rasgando las tinieblas e iluminándolo todo con súbita claridad. En esos momentos la destreza fracasa, el valor se derrumba y la muerte parece llegar en cada ola. Los hombres quedan paralizados por el terror. Se les viene a la mente el recuerdo de padres, parientes y prometidas que quedaron en tierra. Ceix piensa en Alcíone. Sus labios no hacen más que pronunciar su nombre y, aunque anhela verla, se alegra de que esté lejos de allí. Poco después el mástil es alcanzado por un rayo, el timón se quiebra; el triunfante oleaje se eleva encrespado sobre la nave, después cae sobre ella y la hace pedazos.

    Algunos marineros, aturdidos por el golpe, se hunden y no reaparecen; otros logran asirse a fragmentos del naufragio. Ceix con la mano que usa para asir el cetro se sujeta a una tabla, pidiendo socorro -¡ay!, en vano- a su padre y a su suegro. Pero el nombre de Alcíone es el que más se asoma a sus labios. Su pensamiento se aferra a ella. Ruega a las olas que le lleven su cuerpo, para que sean sus manos las que le entierren. Al fin, las aguas le cubren; se hunde en ellas. La estrella del Alba brilló débilmente aquella noche; puesto que no podía abandonar los cielos, ocultó su rostro con nubes.

    Entre tanto Alcíone, ignorante de todo este horror, contaba los días que faltaban para el prometido regreso de su esposo. Ya tenía preparadas las ropas que ella vestiría y las que él se pondría a su llegada. Ofreció incienso con frecuencia a todos los dioses, pero a Juno más que a nadie. Por su marido, que ya no existía, ella rogaba incesantemente: para que no corriera peligro, para que pudiera volver a casa, para que no encontrara a otra a la que amara más que a ella. Pero de todos estos ruegos sólo el último estaba destinado a cumplirse. La diosa, al fin, no pudo soportar por más tiempo que le rogasen por alguien ya muerto y que en su altar se elevaran manos que mejor estarían ocupadas en ritos funerarios. Así que, llamando a Iris, dijo: "Iris, mi fiel mensajera, ve a la silenciosa morada de Somnus y píde1e que le mande a Alcíone una visión en forma de Ceix que le haga saber lo ocurrido."

    Entre tanto Alcíone, ignorante de todo este horror, contaba los días que faltaban para el prometido regreso de su esposo. Ya tenía preparadas las ropas que ella vestiría y las que él se pondría a su llegada Ofreció incienso con frecuencia a todos los dioses, pero a Juno más que a nadie. Por su marido, que ya no existía, ella rogaba incesantemente: para que no corriera peligro, para que pudiera volver a casa para que no encontrara a otra a la que amara más que a ella. Pero de todos estos ruegos sólo el último estaba destinado a cumplirse. La diosa, al fin, no pudo soportar por más tiempo que le rogasen por alguien ya muerto y que en su altar se elevaran manos que mejor estarían ocupadas en ritos funerarios. Así que, llamando a Iris, dijo: "Iris, mi fiel mensajera, ve a la silenciosa morada de Somnus y pídele que le mande a Alcíone una visión en forma de Ceix que le haga saber lo ocurrido."

    Iris vistió su túnica multicolor y, tiñendo el cielo con su arco, fue en busca del palacio del rey del sueño. Cerca del país de Cimeria, en las montañas, habitaba en una cueva el perezoso dios Somnus. Allí Febo no osa entrar ni al amanecer, ni al mediodía, ni al atardecer. Somnus exhala nubes y sombras y apenas una velada claridad ilumina la estancia. Allí, el ruiseñor nunca canta saludando a la Aurora, ni perro guardián, ni ganso, rompe la calma. Ningún animal salvaje, ni ganado, ni rama movida por el viento, ni conversación humana quiebran la quietud. Allí reina el silencio. Tan sólo, desde el fondo de la roca, el suave fluir del río Leto murmura invitando al sueño. A la entrada de la cueva crece en abundancia la adormidera y otras hierbas de cuyos jugos la noche extrae sueños que esparce sobre la Tierra a oscuras. En esta morada no hay vigilante ni puerta que chirríe sobre sus goznes. No hay más que un lecho de negro ébano, en medio de ella, adornado con plumas y cortinas negras. Allí el dios se recuesta, relajados sus miembros, y duerme. Los sueños le rodean tomando las más variadas formas; tantas como jabalíes, venados y hojas haya en el bosque o granos de arena haya en una playa.

    Tan pronto como la diosa entró, se dispersaron los sueños y su brillante luz iluminó toda la cueva. El dios se despertó guiñando los ojos, dejó caer la barba sobre el pecho y finalmente se estiró intentando librarse de sí mismo. Se apoyó en un brazo y preguntó por el motivo de su visita. Iris contestó: "Somnus, el más gentil de los dioses, que das tranquilidad a las mentes y alivio a los corazones que sufren; Juno me manda para pedirte que envíes un sueño a Alcíone, de la ciudad de Trachine, representando a su marido muerto y al naufragio." En cuanto entregó el mensaje, Iris se apresuró a marcharse; no podía soportar más aquel aire estancado y, en cuanto sintió que se adormecía, escapó de allí y regresó sobre su arco por donde había venido. Entonces Somnus llamó a Morfeo, uno de sus numerosos hijos, el más experto confeccionando formas e imitando rostros, modos de andar y hablar e incluso las ropas y actitudes más características de cada uno. Pero él sólo imitaba a hombres, y dejaba para otro la  representación de aves, bestias y serpientes; éste se llamaba Icelo y un tercero, Fantasos, se dedicaba a las piedras, aguas, bosques y otros objetos sin vida. Estos tres se ocupaban de las horas de sueño de reyes y grandes personajes, mientras que los otros se encargaban de los sueños de la gente común. Somnus escogió de entre todos los hermanos a Morfeo para llevar a cabo lo que Iris le había ordenado; después apoyó la cabeza en la almohada y se entregó a un agradable reposo.

    Morfeo voló con sus silenciosas alas y pronto llegó a la ciudad. En cuanto llegó al palacio tomó la forma de Ceix y, bajo su apariencia, aunque pálido y desnudo, se presentó ante el lecho de la infortunada esposa. Llevaba el pelo y la barba empapados de agua. Se inclinó sobre la cama, y con los ojos anegados en llanto dijo: "No reconoces a Ceix, desdichada esposa mía, ¿tanto ha cambiado la muerte mi aspecto? Mírame, reconoce a la sombra de tu marido. Tus ruegos, Alcíone, no me sirvieron de nada. Estoy muerto. No te ilusiones más con vanas esperanzas de que regrese. Los vientos de la tormenta hundieron mi barco en el mar Egeo. Las olas me llenaron la boca de agua cuando gritaba tu nombre. No es un dudoso mensajero quien te cuenta esto, ni es un vago rumor el que lo trae hasta tus oídos. He venido yo en persona, un náufrago, a contarte mi destino. Levántate; llora por mí; laméntate por mí; no me dejes ir al Tártaro sin ser llorado." Morfeo pronunció estas palabras con la voz y los gestos de Ceix y parecía verter auténticas lágrimas.

    Alcíone, llorando, se lamentó y alargó sus brazos en sueños tratando de abrazar su cuerpo pero tocando sólo el aire. "¡Quédate! -exclamó- ¿Adónde vas? Espérame." Su propia voz la despertó. Levantándose, buscó ansiosamente a su alrededor para ver si aún estaba él allí. Los criados, alarmados por sus gritos, trajeron luz. Al no encontrarlo se golpeó el pecho, rasgó sus vestiduras y se tiró del pelo salvajemente. Su aya, asustada, le preguntó cuál era la causa de su repentina angustia. "Ya no existe Alcíone -contestó- Ha muerto junto con Ceix. No intentes consolarme. Él naufragó y murió. Le he visto, le he reconocido, he alargado mis manos para alcanzarle y detenerle. Su sombra se ha desvanecido, pero era la sombra de mi esposo. No con sus rasgos acostumbrados, no con la belleza que tenía, sino pálido, desnudo y con un cabello empapado de agua del mar. Aquí en este mismo lugar estaba la triste visión -y parecía buscar el rastro de sus huellas-. Esto fue lo que mi espíritu presintió cuando le imploré que no me dejara para confiarse a los dioses. ¡Oh, cómo deseé que me hubieras llevado contigo! Habría sido mucho mejor. Así no tendría que vivir una vida sin ti ni que morir en una muerte separada. Si pudiera soportar la vida, yo sería más cruel conmigo misma de lo que ha sido el mar. Pero no. No me separaré de ti. En la muerte al menos tendré tu compañía. Y si no podemos yacer en la misma tumba, nos unirá un epitafio. Si mis cenizas no pueden mezclarse con las tuyas, al menos nuestros nombres estarán juntos." Su dolor le impidió seguir hablando y estalló en sollozos y lágrimas. Y se hizo de día. Alcíone fue a la orilla del mar y buscó el lugar donde le vio por última vez. "Aquí me dio el último beso antes de partir", pensó. Mientras ella recordaba cada detalle, mirando al mar, descubrió un objeto confuso flotando en el agua. Al principio no supo qué era, pero poco a poco las olas lo acercaron y se vio claramente que era el cuerpo de un hombre. Aunque no podía verlo bien, parecía un náufrago. Se conmovió profundamente y se echó a llorar diciendo: "¡Ay! ¡Desdichado y desdichada tu esposa si la tienes!" Empujado por las olas se fue acercando. Cuanto más claramente podía verlo más temblaba. Por fin llegó a la orilla. Aparecieron unos rasgos que ella reconocía. ¡Era su esposo! Extendiendo sus temblorosas manos hacia él exclamó: "Oh, mi amado esposo, ¿es así como regresas a mí?"

    En la orilla se había construido un muro para rechazar los envites del mar. Ella saltó desde esta barrera y, ¡oh maravilla!, voló y batió con unas alas que le brotaron en ese instante. Los que se habían congregado allí vieron que un pájaro volaba al ras del agua emitiendo unos sonidos que parecían lamentos. Alcíone se posó sobre el cuerpo mudo y pálido, rodeó los adorados miembros con sus recién formadas alas e intentó besarle con su pico. No se  sabe si fue Ceix o si fueron las olas, pero a todos los que lo vieron les pareció que el cadáver levantaba la cabeza. Y en realidad fue así. La piedad de los dioses transformó a ambos en pájaros.

    Durante siete días, en invierno, Alcíone se sienta sobre su nido que flota en el mar. Entonces no hay peligro para los navegantes. El mar se apacigua y Eolo contiene a los vientos para que no molesten a sus nietos.



Fuente: La edad de oro del mito y la leyenda, de Thomas Bulfinch (1796-1867). Traducción de Soledad Arce. Págs. 93-99. Madrid, 1995


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