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LEYENDAS MITOLÓGICAS Página principal Dpto. Latín
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Deucalión y Pirra


   Júpiter, al ver las atrocidades que los humanos cometían contra sí mismos y contra los dioses y cómo trataban a la Tierra, tomó una decisión tajante:
    -Voy a exterminar a la humanidad. Mi visita al rey Licaón no ha hecho más que reafirmar la idea que tenía de los humanos. No merecen vivir ni un minuto más en este mundo: sus atrocidades y despropósitos sobrepasan los límites imaginables, y no puedo permitir que sea así.
    Todos los dioses del Olimpo se alarmaron al enterarse de esta decisión: ¿a quiénes iban a contemplar en sus quehaceres diarios? ¿Quiénes les rendirían culto ahora? ¿De quiénes recibirían tributos y ofrendas? Así pues, las divinidades hicieron saber a Júpiter su malestar y preocupación; al fin y al cabo, la raza humana no merecía un castigo de tal magnitud, pues también estaban aquellos que se dedicaban a las artes y que creaban belleza. El dios de dioses, al escuchar estos ruegos, se retractó:
    -Muy bien: no exterminaré definitivamente a los humanos, si así lo deseáis. Sin embargo, no quedarán exentos de castigo. En su lugar, inundaré toda la tierra, y tendrán la posibilidad de repoblarla si sobreviven.

    Prometeo, el titán condenado a que un ave se alimentara de su hígado durante el día para que luego éste se regenerase durante la noche por robarle el fuego a los dioses para dárselo a los hombres, se enteró de los planes de Júpiter. Tenía un hijo llamado Deucalión, que ya era anciano y vivía felizmente con su esposa Pirra, y le comunicó cuáles eran las intenciones del rey de los cielos:
    -Júpiter inundará la tierra como castigo por las malas acciones de los hombres.-dijo el titán- Por eso, hijo mío, has de construir un arca y salvarte de la catástrofe.

    Deucalión y Pirra se pusieron manos a la obra y construyeron una imponente arca lígnea que les salvaría de una muerte cruel y despiadada. Cuando el día señalado llegó, las nubes poblaron el cielo como bandadas de pájaros migratorios que buscan refugiarse del frío invierno, y comenzó a llover copiosamente: el diluvio había comenzado.

    Las fuertes lluvias fueron devastadoras, y no solo afectaron a los humanos, pues también los demás animales que poblaban la superficie y el cielo perecieron sin remedio: los perros dejaron de ladrar, las ardillas murieron junto a sus árboles, los pájaros dejaron de surcar el aire, y las abejas dejaron de hacer miel. Las criaturas marinas, no obstante, se beneficiaron en cierto modo de la situación, y pudieron asentarse allí donde antes no podían: los peces nadaban entre los fogones que otrora sirvieron para cocinarlos, las nereidas jugaban en los prados y bosques donde las muchachas pasaban el rato antes del desastre, allí donde se celebraban carreras de caballos ahora se celebraban carreras de hipocampos… Cuando las lluvias arreciaron, Tritón, el dios mitad pez mitad humano, hizo sonar su caracola para llamar a todos sus súbditos y volver con ellos a su lugar de origen.

    Deucalión y Pirra, tras la catástrofe acaecida, volvieron a la superficie. Allí se encontraron con un panorama desolador: allá donde hubo frondoso follaje, se extendía un inhóspito páramo de lodo; allá donde las gentes vivían, ahora solo había cadáveres infectos y destrucción; las cocinas que antes despedían olores de ricos manjares preparados ahora despedían un hediondo olor a putrefacción y descomposición en su proceso más álgido. Toda esperanza parecía perdida, pero Pirra encontró un templo que sobrevivió a las inclemencias del tiempo.
    -¡Deucalión, mira: un templo! ¡Esto es una señal de los dioses, que se han apiadado de nosotros! ¡Vayamos rápido, pues allí estará nuestra salvación, estoy segura!


    La anciana pareja se dirigió hasta el edificio, que milagrosamente permaneció en pie tras las intensas precipitaciones que lo destruyeron todo. En él vieron varias esculturas de la diosa Temis, deidad a la que estaba consagrada el templo. Como un último suspiro previo a la muerte inminente, rogaron a la diosa que los guiase y aconsejase. La divinidad así lo hizo, y respondió:
    -Debéis arrojar los huesos de vuestra madre de espaldas y por encima del hombro, y así la humanidad resurgirá. No os deis la vuelta en ningún caso, pues de lo contrario pereceréis sin remedio.


    Pirra estaba escandalizada: ¿cómo iban a cometer tal acto sacrílego sin ser castigados? ¿Qué sería de la honra de sus madres? La anciana mujer se negó en rotundo a seguir las instrucciones. Deucalión, sin embargo, pensó que detrás de las palabras de Temis se hallaba un acertijo que había que resolver. Finalmente lo descubrió.
    -Querida Pirra, -dijo Deucalión- Temis no mentía ni intentaba hacer que profanáramos las tumbas de nuestras madres. Por madre, se refería a la Tierra, y por huesos, a las piedras. ¡Arrojemos piedras a ese barrizal tal y como nos dijo la diosa! ¡Así podremos hacer que todo vuelva a la normalidad!

    Pirra, aunque desconfiaba, apoyó a su querido esposo, por lo que ambos se dedicaron a arrojar piedras del suelo de espaldas al barrizal. De éste, surgió el milagro: las piedras que arrojaba Deucalión se convertían en hombres, y las que arrojaba Pirra, en mujeres. Todos aquellos seres eran diferentes, pues nunca arrojaron dos piedras exactamente iguales: había personas altas, bajas, delgadas, rechonchas, con la tez de ébano, con la tez de marfil… La anciana pareja prosiguió hasta que no pudieron lanzar más piedras, pero en ningún momento se dieron la vuelta para ver lo que estaban ayudando a crear. Así, la humanidad comenzó un nuevo capítulo en su historia.

Víctor Gallego de Dios, alumno de 1º de Bachillerato


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