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Endimión


   C ierto día, el pastor Endimión pidió a Júpiter que le concediese el don de la eterna juventud. El poderoso olímpico accedió, pero exigió en cambio al joven que aceptara dormir un sueño infinito.

Ahora, Endimión camina fatigado por los campos. Andará toda la noche, tratando de reunir los animales de su rebaño que, asustados por el mal tiempo, se habían dispersado. Se acuesta para reposar unos instantes, pensando continuar más tarde la penosa tarea.

Mientras tanto, se duerme. Ha llegado la hora en que Júpiter cobra su deuda: el hermoso pastor no despertará más.

Selene, la Luna, pasea por la región, cuando repara en aquella dulce figura tranquilamente extendida sobre el césped.

Ensortijados cabellos caen sobre el rostro del muchacho. Y en su cara hay una expresión de inocencia y valor, mientras que su cuerpo esbelto está entregado al sueño perenne. Una leve sonrisa que entreabre su boca deslumbra a Selene.

La Luna siente nacer en su corazón un súbito amor. Se arrodilla al lado de Endimión, todavía un poco aturdida por el espectáculo de su belleza. Besa su cara, con respeto y un vago recelo. El no se despierta. La diosa lo envuelve en sus brazos y apoya su cabeza sobre el pecho cansado del pastor. Y el no se despierta.

Todas la noches, tras el paseo que realiza sobre el mundo para esparcir su luz blanca, Selene vuelve a visitarlo. Se aproxima siempre lenta y humildemente, llena de pasión. Y le besa el rostro como la primera vez.

Después aspira el perfume de ambrosía que se desprende del cuerpo del joven, y pasa horas admirando, rasgo por rasgo, la figura amada.
Se duerme a su lado. Quizá sueña con un día imposible en que Endimión despertará de su sueño profundo y la abrazará apasionadamente.
Todas las noches la humanidad recibe la luz de la Luna, suave y serena, a veces más clara, a veces tímida. Es Selene, que se va a acostar al lado de Endimión dormido.


Texto tomado del Blog Nuestros Antepasados




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