latín y griego
esfinge
correo I.E.S. "ALONSO CANO". DÚRCAL Enlace a  iesalonsocano.es

cenefa

portada
LEYENDAS MITOLÓGICAS Página principal Dpto. Latín
   Volver

Eolo, rey de los vientos


   No muy lejos del tranquilo reino de Somnus y Mors, pero sobre la superficie de la Tierra, se encontraban las islas Eolias, ahora conocidas como las islas Lípari, donde Eolo, dios de la tormenta y el viento, gobernaba sobre una muy ingobernable y turbulenta población.
Se dice que había recibido su dignidad real de las bellas manos de Juno y que por tanto tenía una predisposición especial a obedecer sus órdenes. También se dice que se desposó con Aurora, o Eos, la cual le dio seis hijos: Bóreas, el viento del Norte; Cauro, el viento del Noroeste; Aquilo, el viento del Oeste; Noto, el viento del Sudoeste; Euro, el viento del Este; y finalmente, Céfiro, el gentil y adorable viento del Sur, cuya misión era la de anunciar a los mortales la vuelta de la siempre bienvenida primavera.

    Los cinco hijos mayores eran de una condición ruidosa, errante, maliciosa y turbulenta, y la paz y la tranquilidad eran virtualmente imposibles para ellos. Para prevenir que causaran serios desastres, los gobernó con mano muy dura, manteniéndolos recluidos en una gran cueva y dejándolos salir sólo de uno en uno, para que desentumecieran sus miembros y se ejercitaran un poco.
Aunque eran ciertamente ingobernables, los vientos siempre obedecían la voz de su padre, y a sus órdenes, aunque reacios, regresaban siempre a su tenebrosa prisión, donde disipaban su rabia impotente intentando sacudir sus poderosas paredes.
   
     De acuerdo con su propio humor, o conforme con las peticiones de los dioses, Eolo mandaba o bien los vientos más suaves para que revolotearan alrededor de las flores, o bien liberaba a sus hijos más fieros, con órdenes de que elevaran las olas hasta la altura de las montañas, las convirtieran en espuma, rasgaran las velas de todas las embarcaciones en el mar, rompieran sus mástiles, arrancaran los árboles de raíz, destrozaran los tejados de las casas; en resumen, que causaran todo el daño que les fuera posible.


    Eolo, rey de los vientos, compartía con Dédalo el honor de inventar las velas que impulsaban los barcos tan velozmente sobre el agua. También fue él, según Hornero, el que dejó a todos sus hijos, excepto a uno, atados en una bolsa de cuero, la cual dio a Ulises cuando éste visitó Eolia. Gracias a este regalo, Ulises llegó hasta las costas de Ítaca, y hubiera desembarcado sano y salvo si sus hombres no hubieran desatado el saco para averiguar su contenido, liberando así los furiosos vientos, que levantaron la más terrible tempestad en los anales de la mitología.

    Los antiguos, y especialmente los atenienses, prestaron una particular atención a los vientos, a los que dedicaron un templo que aún existe, y que es conocido como la Torre de los Vientos. Este templo es hexagonal, y a cada lado hay una figura volante de cada uno de los vientos.

    Euro, el viento del Este, era descrito generalmente como "un hombre joven que volaba con gran impetuosidad, dotado de un carácter festivo y travieso". Notos, o Austro, el viento del Sudoeste, "aparecía generalmente como un hombre viejo, de pelo gris, lúgubre semblante, la cabeza cubierta de nubes, vestiduras negras y alas oscuras", pues se le consideraba el proveedor de la lluvia y de todos los chubascos repentinos y torrenciales. Céfiro, suave y gentil, tenía el regazo lleno de flores, y, de acuerdo con la creencia ateniense, estaba casado con Flora, con la que era completamente feliz, y a cambio visitaba todas las naciones. Cauro, el viento del Noroeste, conducía las nubes de nieve ante él; mientras, Aquilo, terrible en apariencia, provocaba estremecimientos con su mera visión. Bóreas, tosco y también estremecedor, era el padre de la lluvia, la nieve, el granizo y las tempestades, y se le representaba por tanto con un velo de nubes impenetrables. Su lugar predilecto eran las Montañas Hiperbóreas, desde donde hacía incursiones salvajes. Durante una de estas excursiones se llevó a la fuerza a Orintia, la cual siempre huía cuando él se aproximaba. Sin embargo, su velocidad no pudo salvarla esta vez: fue alcanzada y llevada hasta las inaccesibles regiones de hielo y nieve, donde la retuvo y la convirtió en su esposa. La pareja tuvo dos hijos, Zetes y Calais -los cuales tomaron parte de la expedición de los argonautas y ahuyentaron a las Arpías-, y dos hijas, Cleopatra y Quione.
 En otra ocasión, Bóreas, habiéndose transformado en un caballo para unirse a las yeguas de Dardano, rey de Troya, se convirtió en el padre de doce corceles tan veloces que nunca pudieron ser alcanzados por nadie.


    Texto tomado de Grecia y Roma, de H. A. Guerber (1907), traducción de Seuk Kwon. M. E. Editores, S. L. Madrid, 1995





portada
   Volver