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Erisicton


   Erisicton era un mercader muy rico que siempre había odiado a los dioses y pensaba que si los humanos dejaran de tenerles tanto miedo su poder desaparecería.

Un día que caminaba, se quedó parado frente a un árbol imponente consagrado a la diosa Ceres. Como muestra de lo mucho que detestaba a los dioses, mandó a dos de sus esclavos que cogieran el hacha y comenzaran a talar el árbol. Los esclavos se negaron, pensando que si lo hacían serían castigados por los dioses. Así que Erisicton, enfadado, tomó el hacha en sus manos y empezó a golpear con furia el tronco. Al poco, de éste empezó a manar sangre. Dentro de cada árbol vive una hamadríade, por lo que talando el árbol también la mataría. De nada sirvieron los ruegos de la hamadríade, él continuó con su tarea acabando a la vez con la vida del árbol y con la de la ninfa.


Al enterarse, Ceres pensó en un principio en pedir a Júpiter que fulminase a Erisicton por la enorme falta de respeto que había demostrado hacia ella. Pero después decidió castigarlo de una forma más dolorosa y más lenta. Llamó a una de sus ninfas y le ordenó que fuese al Cáucaso en busca del Hambre y la trajese a casa de Erisicton. Para que la ninfa salvara la enorme distancia, Ceres le dejó su carro tirado por dragones voladores.


   

El Hambre aceptó el encargo por respeto a la diosa. Cuando estuvo en casa de Erisicton se acercó a éste, que dormía, se tumbó sobre él y sopló en su boca un aliento gélido. Luego se introdujo en él y no lo abandonó hasta la llegada del amanecer. Erisicton se despertó de una pesadilla en la soñó que atravesaba un desierto abrumado por el hambre. Pero ya despierto el hambre continuaba. Ordenó a sus esclavos que le trajeran comida, pero no quedó satisfecho y pidió más y más . Así agotó todas las reservas de alimentos de la casa. Empleó el dinero que tenía en comprar más comida. Luego se vio obligado a vender muebles y vajilla. Tras esto tuvo que desprenderse de los esclavos. El hambre continuaba y, finalmente, no tuvo reparo en vender a Mestra, su propia hija, como esclava por un precio ridículo. Mestra caminaba por la playa tras su nuevo amo. Al ver las olas se acordó de cuando tiempo atrás Neptuno la violó, y suplicó así al dios:

-        «Neptuno, ¿acaso no te acuerdas de cuando me arrebataste mi inocencia? Tienes una cuenta pendiente conmigo, así que, si eres justo, ayúdame ahora».

Neptuno oyó a la joven, se compadeció de ella y la transformó en un anciano pescador sentado a la orilla del mar. El comprador se volvió y no encontró a la muchacha, preguntó por ella al pescador  y éste respondió que no había visto pasar a nadie. Al rato Mestra recuperó su figura y decidió regresar con su padre para seguir ayudándolo, pues le daba mucha pena. Pero Erisicton volvió a llevarla al mercado, vendiéndola de nuevo y consiguiendo unas monedas para aliviar su hambre. Fue vendida, una y otra vez, y siempre se transformaba en algún animal y escapaba a sus compradores, volviendo poco después junto a su padre.

    Hasta que un día, desorientada, tardó en volver a casa. Erisicton, ya desesperado por el hambre, empezó a comerse a sí mismo. Se mordía y desgarraba las extremidades, se arrancó los ojos, y los comía con ansia, y así acabó su vida, sin casi sentir dolor, pues más fuerte que este era el hambre devoradora que lo poseía.



Álvaro Illescas Ruiz, alumno de 1º de Bachillerato






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