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Ixión


   Ixión era hijo de Flegias y reinaba sobre los lapitas de Tesalia. Pretendió a Día y, para conseguirla no dudó en prometer a su futuro suegro Deyoneo una riquísima dote. Cuando el matrimonio se llevó a cabo, Ixión se olvidó de su promesa, por lo que Deyoneo se consideró agraviado y no dejaba de reclamar la dote. Ixión simuló ceder e invitó al suegro a un banquete para zanjar las desavenencias. Cuando el confiado Deyoneo traspasaba el umbral del palacio de Ixión, cayó en un foso de carbones ardientes que el yerno le había preparado. Este crimen horrible violaba los sagrados deberes de la hospitalidad y se cometía, además, contra un miembro de la propia familia. No hubo dios ni mortal dispuesto a purificar al asesino.

    Pero Zeus, más condescendiente con las flaquezas humanas, por la conciencia de las propias, purificó a Ixión y lo sentó a su mesa, invitándolo a probar la ambrosía. Esta deferencia ensoberbeció a Ixión y nubló su entendimiento. Quiso aprovechar que Hera andaba resentida por las continuas infidelidades de Zeus, supuso que la encontaría receptiva y decidió seducirla. Pero Zeus adivinó sus intenciones y se anticipó a ellas, urdiendo la siguiente estratagema: modeló una nube con la imagen exacta de Hera y la puso a tiro del impetuosos Ixión que, o bien por estar borracho o bien cegado por su insensato deseo, se unió a ella. La falsa Hera, llamada después Néfele (nube), quedó encinta y pariría después a Centauro, quien al llegar a la edad adulta se apareó con yeguas magnesias, engendrando así la raza de los centauros, mitad hombres, mitad caballos.

    Zeus castigó la ingratitud de Ixión mandando que fuera atado a una rueda ardiente que giraba sin cesar. Las ligaduras eran serpientes y, por haber probado la ambrosía, el castigo no podría tener fin. Así lo encontramos en el Tártaro, acompañando a otros condenados como Tántalo o Sísifo.






Nicolás Latorre Vico


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