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Leucótoe y Clitie


   Helios, el Sol, hijo del titán Hiperión, lo ve todo. Nada escapa a su vista desde que al amanecer sus caballos inician por Oriente la travesía de la bóveda celeste. Fue él quien descubrió a Vulcano los amores adúlteros de Venus y Marte. La diosa prometió vengarse e inspiró en el Sol una pasión irrefrenable por la bella Leucótoe, hija de Órcamo y de Eurínome.


    Una noche, mientras los caballos descansan sus miembros fatigados y  reponen fuerzas paciendo ambrosía, el Sol adopta la figura de Eurínome, entra en las habitaciones de Leucótoe y despide a la servidumbre. Ya a solas con la muchacha, le revela su verdadera identidad y la pasión que lo devora. Leucótoe, sobresaltada, deja caer de sus manos la rueca y el huso, mientras el temor hermosea aún más su rostro. El Sol recobra su aspecto y su resplandor y posee a la muchacha que, aterrada e impresionada a la vez por la visión del dios, sufre su violencia sin proferir lamento alguno.



    Pero Clitie, a quien el Sol ha visitado en otras ocasiones, no puede soportar que el dios la relegue y sólo piensa en cómo deshacerse de su rival. Propaga el deshonor de Leucótoe, agrandándolo e inventando detalles infamantes sobre la muchacha, y goza especialmente contándolo a Órcamo, el despiadado padre. En vano Leucótoe tiende sus brazos al Sol, en vano protesta que fue forzada. Órcamo manda abrir una fosa, arroja en ella a la hija y la cubre aún con un montículo de arena. El Sol trata desesperadamente de hendir la arena con sus rayos, de reanimarla con su calor, pero Leucótoe ya no respira. Abatido, derrama entonces sobre ella fragante néctar. El cuerpo así humedecido se disuelve en la tierra, unas raíces van penetrando en ella y una vara de incienso se eleva y rompe el montículo con su punta.



     En cuanto a Clitie, pagará muy cara su delación. El Sol no volverá a visitarla. Ella, consumida por su loca pasión, evita la compañía de las ninfas y permanece noche y día a la intemperie, sin moverse del sitio, sin comer, sin otra bebida que el rocío y sus propias lágrimas. Durante nueve días su rostro sigue la ruta del Sol por el cielo. Sus miembros se adhieren al suelo, toda ella empalidece y se seca, y una flor le cubre el rostro. Se ha convertido en girasol, y así continúa, volviéndose para no perder de vista a su radiante amado.


Nota: Ovidio (Metam. IV, 268-269) menciona una flor muy semejante a la violeta. Pero los artistas asociaron a Clitie con el girasol (Helianthus annuus), planta originaria de América, que los españoles trajeron a Europa en el s. XVI. A veces es Febo Apolo, como dios solar, el representado en lugar de Helios en grabados y pinturas sobre Leucótoe.

Nicolás Latorre




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