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LEYENDAS MITOLÓGICAS Página principal Dpto. Latín
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Marsias


  Un joven pastor, echado en la hierba fresca una tarde de verano, escuchó un murmullo lejano de música, tan dulce, tan conmovedor, que casi sostuvo la respiración para escuchar. Estos extraños, deliciosos tonos, provenían de Minerva, la cual, sentada a la orilla de una corriente, demostraba sus habilidades con la flauta. Cuando se agachó sobre las aguas cristalinas, contempló sus carrillos hinchados y facciones distorsionadas, e impetuosamente arrojó el instrumento al agua, jurando nunca tocarlo de nuevo.

El repentino paro de la música causó que el joven Marsias saliera de su abstracción y comenzara a mirar a su alrededor.



Pudo ver la flauta rechazada navegando tranquilamente por la corriente a sus pies. Inmediatamente asió el instrumento y se lo llevó a sus labios; tan pronto como empezó a soplar, los mágicos compases volvieron a sonar. Ninguna de sus obligaciones como pastor pudieron ya separar a Marsias de su recién encontrado tesoro; su habilidad con la flauta progresó tan rápidamente que su vanidad se hizo insufrible, jactándose de que podría rivalizar con Apolo, al cual retó a una competición musical.


Con la intención de castigarle por su presunción, Apolo, acompañado por las nueve musas, patronas de la poesía y la música, se presentó ante el músico y le retó a hacer buen uso de sus engreídas palabras. Marsias fue el primero en exhibir su habilidad y encantó a todos con sus melodiosos acordes.




Las musas  le concedieron  muchos  elogios,  ordenando  a Apolo que superara a su rival si podía. No hizo falta repetirlo. El dios asió su lira de oro y derramó acordes apasionados. Antes de pronunciarse en su decisión, las musas decidieron darles a ambos músicos una segunda audición, y los dos se afanaron de nuevo; en esta ocasión, Apolo unió los armónicos acentos de su divina voz a los tonos de su instrumento, causando que todos los presentes, además de las musas, le vitorearan como vencedor.


De acuerdo con lo dispuesto con antelación -según lo cual, el vencedor tendría el privilegio de desollar vivo a su contrincante-, Apolo ató a Marsias a un árbol y lo mató cruelmente. Cuando las ninfas de las montañas se enteraron de la triste muerte de su favorito, comenzaron a llorar y a derramar tales torrentes de lágrimas que llegaron a formar un río llamado Marsias, en memoria del dulce músico.







Fuente: Texto de H. A. Guerber: Grecia y Roma. Traducción de Seuk Kwon. Madrid, 1995. Págs. 65-67



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