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El rey Midas


    El rey Midas gobernaba el país de Frigia, y poseía oro en abundancia. A su juicio lo más importante en la vida era el oro, y todas las mañanas al despertar se dirigía a contar todas y cada una de las monedas de su arcón. Se bañaba en ellas, las tiraba sobre su cabeza en forma de lluvia y al final las amontonaba en su baúl hasta la mañana siguiente.

    Cierto día el dios Dioniso pasaba por el reino del rey Midas y uno de sus acompañantes, Sileno , se extravió y fue a parar al palacio del monarca, que lo encontró y le ofreció su hospitalidad tras haberlo reconocido. Días más tarde Dioniso se dirigió a ver a Midas para darle las gracias por su gentileza con Sileno. Gracias a su bondad, le dijo el dios, el rey tenía derecho a pedirle el deseo que quisiera que se hiciese realidad. Midas, sin pensárselo dos veces, le contestó que deseaba que todo lo que él tocase se convirtiese instantáneamente en oro. Dioniso cumplió su promesa.

    Al día siguiente, muy contento, el rey comenzó a tocarlo todo: mesitas, alfombras, lámparas, paredes, jarrones, platos... No podía sentirse más feliz por el don que se le había concedido. Pero su dicha duró poco, ya que empezó a darse cuenta de que no podía comer, ya que todo se convertía en oro al llegar a su boca. Incluso por error transformó a su propia hija en una estatua de metal macizo. Estaba tan desconsolado que imploró ayuda al dios Dioniso, y le suplicó que le retirase el poder de transformar las cosas en oro. Él se apiadó de Midas y le dijo que podría volver las cosas a su anterior estado con solo tocarlas de nuevo, pero a cambio debería renunciar a todo el oro de su reino. El rey no dudó un momento en aceptar, echaba de menos a su hija, a sus animales, sus jardines, su palacio. Así fue cómo el Midas aprendió a apreciar la vida y los colores de Frigia y a amar a todas las criaturas de sus preciosas tierras, desprendidas ya de su anterior brillo áureo.


    El rey se fue a vivir al campo. Un día, cuando paseaba por los alrededores de su modesta casa, presenció una competencia musical entre Pan y el dios Apolo. El primero había declarado que tocaba mejor con su siringa que el propio Apolo con su lira. Eligieron como árbitro a Tmolo, que concedió el triunfo a Apolo, pero Midas, un poco duro de oído, se decantó por Pan. Apolo se enfureció y como castigo adornó su cabeza con orejas de burro.

    Desde entonces el rey llevó siempre un turbante para ocultarlas, y el único que conocía el secreto era su barbero. Había jurado que no se lo diría a nadie. Pero un día, incapaz de guardar más tiempo aquel secreto, hizo un agujero en el campo, introdujo en él la cabeza y susurró ''el rey Midas tiene orejas de burro'' creyendo que nadie lo habría oído. Pero poco tiempo después en el lugar crecieron unos juncos que, al ser atravesados por el viento, repetían en todas direcciones: ''Midas, el rey Midas tiene orejas de burro''.

Ana Pérez Gallego, alumna de 4º C


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