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Pélope e Hipodamía


   Pélope, hijo de Tántalo, reinaba sobre frigios y lidios en Asia Menor, pero fue obligado a dejar aquellas tierras y se retiró al monte Sípilo, de donde también lo expulsó Ilo, rey de Troya. Así que decidió trasladarse a Europa con sus numerosos seguidores y fabulosos tesoros.

    Siendo muy joven se había convertido en amante de Poseidón, que se lo llevó al Olimpo y lo hizo su copero. El dios se vio obligado a restituirlo a la tierra pues el artero padre del joven, Tántalo, se servía de él para robar a los inmortales néctar y ambrosía que luego daba a los hombres. Sin embargo, Poseidón siguió conservando su cariño por Pélope y prestándole su ayuda cuando la necesitaba.

    Cuando hubo llegado a Grecia, pretendió la mano de Hipodamía, muchacha de extraordinaria belleza, hija de Enómao y Estérope.  Se dice que Enómao había recibido un oráculo según el cual moriría a manos de su yerno, por lo que ideó una estratagema para impedir el casamiento de Hipodamía: gran amante de los caballos y de las carreras, poseía unas yeguas velocísimas e inmortales, presente de su padre Ares. Así que dispuso que todo aquel que  aspirase a desposarse con Hipodamía debería enfrentarse con él en una singular carrera de carros que partía desde Pisa (muy cerca de Olimpia) y tenía su meta en el altar de Poseidón en Corinto.

    Fiado en la velocidad de sus yeguas, Enómao solía dejar media hora de ventaja a su contrincante, espacio de tiempo que aprovechaba para sacrificar un carnero en el altar de Zeus en Olimpia. Las condiciones de la carrera eran muy duras: el aspirante estaba obligado a llevar a Hipodamía en su carro (con la idea de aumentar el peso o para que el auriga se distrajese al llevar a la muchacha a su lado). Además el vencido pagaría con la muerte.

    De esta manera Enómao había conseguido durante cierto tiempo alejar a posibles pretendientes. Los doce que lo habían intentado habían fracasado y el cruel Enómao había clavado sus cabezas y brazos en las puertas de palacio, para que sirvieran de escarmiento y disuadieran a los demás.

    Sabedor de la dificultad de la prueba, Pélope había suplicado a Poseidón que le regalara unos caballos capaces de enfrentarse a los de Enómao. Poseidón no dudó en entregar a su antiguo amante un carro de oro capaz de volar sobre las aguas y unos caballos inmortales e infatigables.  Pero la visión de los despojos de los otros rivales hizo tambalearse la confianza de Pélope, que decidió sobornar a Mirtilo, cochero de Enómao, e hijo de Hermes, prometiéndole que le dejaría pasar una noche con Hipodamía. El cochero estaba enamorado de la muchacha, incluso había pensado alguna vez en aceptar el desafío de la carrera, pero no se había atrevido.

    Por su parte, Hipodamía, nada más ver a Pélope, se sintió atraído por él y colaboró en el soborno a Mirtilo. Éste fraguó un plan para traicionar a su señor: sustituyó las clavijas de una rueda del carro de Enómao por otras hechas de cera, que cederían en el transcurso de la carrera.

    Cuando se dio la señal de partida, Pélope fustigó a sus caballos y partió a toda velocidad, llevando a su lado a Hipodamía. Enómao, como de costumbre, lo dejó ir mientras sacrificaba a Zeus. Luego, montó con Mirtilo en el carro, confiado en que obtendría una vez más la victoria. Sus yeguas fueron ganando terreno y cuando, cerca de la meta, iba a superar a su rival, cedió el eje, el carro se hizo añicos y los caballos arrastraron a Enómao enredado entre las riendas, mientras maldecía a su cochero. Así murió el rey de Pisa, aunque otros afirman que Pélope llegó sin problemas a la meta y allí esperó y mató a Enómao, o éste se habría suicidado al no soportar la derrota.

    Poco después de la victoria, Pélope, Hipodamía y Mirtilo emprendieron un viaje en carro. En una de las paradas la joven sintió una sed abrasadora y Pélope se marchó a buscar agua. Mirtilo aprovechó para cobrar su deuda y, como Hipodamia se opusiese, intentó violarla. En esto regresó Pélope, trayendo agua en el casco. La muchacha le contó lo sucedido y Mirtilo recordó los términos del pacto que había hecho. Pélope calló, pero al montar de nuevo en el carro, tomó él las riendas. En un momento dado, cuando el carro volaba sobre las aguas, dio de improviso un golpe a Mirtilo, que salió despedido y cayó al mar. Mientras agonizaba maldijo a la estirpe de Pélope, maldición que ocasionaría con el tiempo terribles desgracias a los Pelópidas. Hermes puso la figura de su hijo Mirtilo en el cielo, como la constelación del Auriga.

    Pélope regresó a Pisa, ocupó el trono de Enómao y se anexionó todos los territorios vecinos. Dio a aquellas tierras su nombre, Peloponeso, que significa “isla de Pélope” y tuvo con Hipodamía numerosa descendencia. Entre los hijos los más conocidos serán Tiestes, Atreo y Plístenes.  Hijas suyas fueron Astidamía e Hipótoe.

Nicolás Latorre Vico




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