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El rapto de Proserpina


   En Sicilia, aplastado bajo la tierra, está castigado con encierro perpetuo el gigante  Tifeo, que se agita intentando liberarse y hace temblar la isla, hasta que desiste y comienza a escupir fuego por el monte Etna. Cuando Tifeo se sacude, Plutón recorre Sicilia para ver los daños causados por el gigante.

    En unos de sus paseos por la isla Plutón ve a una mucha hermosísima llamada  Proserpina  y se enamora de ella.  Como la joven no quería ir con el por la buenas, decidió secuestrarla. Una ninfa lo vio e intentó detenerlo pero solo se llevó el cinturón de Proserpina.


   Ceres, madre de Proserpina, la buscó por toda la tierra hasta que se encontró a la ninfa que había intentado ayudar a su hija, pero esta no podía hablar ya que  debido a su gran tristeza su cuerpo se había confundido con el río y  solo podía mostrarle el cinturón.


     Cuando vio el cinturón Ceres se dirigió al Olimpo y allí Júpiter le hizo saber que era Plutón quien tenía a su hija y que la había hecho su esposa. El rey de los dioses, al ver tan triste a su hermana Ceres, decidió ayudarla, así que fue a hablar con Plutón.

    Proserpina solo podía volver a la tierra si no había ingerido ningún alimento en los infiernos, pero, desgraciadamente, había comido seis granos de granada. Por esto acordaron que la muchacha pasaría la mitad del año con su esposo en el infierno y la otra mitad con su madre en la tierra.

    Esta es la razón de que la tierra sea más fértil en una época del año ya que Ceres, diosa de la  agricultura,  cuando tenía a su hija estaba contenta  y el campo era fértil, pero cuando  Proserpina estaba en el infierno la tierra no daba fruto.




Esperanza Isabel Martín Peña, alumna de 1º Bach.


    Lee también esta hermosa recreación del rapto de Proserpina firmada por Isabel Barceló:


PROSERPINA EN EL CORAZÓN


De Popilia a su nieta Lucila. Salud.


    Me cuenta tu madre que estás triste y que incluso has perdido el interés por visitar algunas de las ciudades más famosas de Sicilia. ¿Te extrañaría si te dijese que a mí me ocurre lo mismo? Cuando empiezan a refrescar las tardes y se ve próximo el fin del verano, siempre me entra congoja. Me ocurre desde que tenía trece o catorce años. Una vez, dándose cuenta de mi tristeza, mi madre me hizo sentarme a su lado, me cogió la mano y me contó una historia que quiero repetirte. La conoces ya, no es nueva, pero mi madre al aplicarla a ese estado de ánimo, le dio un significado diferente. Tiene que ver con la madre Ceres y con el lago Pergusa que, precisamente, extiende sus aguas en el centro de la isla de Sicilia.


    Ese lago, por sus aguas transparentes y calmas, era uno de los lugares favoritos de las ninfas para tomar el baño. Con frecuencia las acompañaba Proserpina, la hija de Ceres, una muchacha hermosísima y más o menos de tu edad. Puedes imaginarte el cielo de color azul intenso, el sol brillando sobre las ondas y el rebullir del agua por el chapoteo de las ninfas, sus gritos de alegría, sus cabellos con guirnaldas de flores agitándose en la superficie. Una tarde Proserpina salió del agua y fue a buscar sus sandalias, su túnica y un gran lienzo para secarse que había dejado extendido sobre un matorral. Caminaba deprisa, dando saltitos, porque la hierba se le clavaba en las plantas y el viento fresco del atardecer le erizaba la piel. Sonreía e iba repitiendo la letra de una canción que acababa de enseñarle una ninfa. De pronto la sacudió una gran ráfaga de viento, oyó un estruendoso galopar de caballos y, antes siquiera de comprender qué ocurría, a sus espaldas un brazo la agarró por la cintura, la levantó en el aire y, pese a que ella se debatía para soltarse, se la llevó consigo.


    Al enterarse Ceres por las ninfas que Proserpina había desaparecido, creyó desfallecer de dolor. ¿Qué hembra, humana o divina, podría soportar la pérdida de una hija? Ceres dejó de inmediato todas sus ocupaciones y deberes para ir a buscarla. ¿Qué le importaba a ella que no nacieran flores ni surgieran frutos? Las hojas de los árboles palidecían y perdían fuerza y frescura antes de alfombrar el suelo; lánguidos se negaban a crecer los cardos, las alcachofas no encontraban fuerzas para rebrotar, campos enteros quedaban desnudos de plantas y sólo mostraban la dura tierra. Pero esa desolación a Ceres no la conmovía, porque más desolado aún estaba su corazón. Recorrió la tierra sin descanso buscando minuciosamente detrás de cada montaña, escrutando cada valle. Exploró las orillas de los ríos y de los mares, la llamó a voces por las llanuras y los desiertos. Todo parecía inútil.


    Al fin, gracias a la indiscreción de un viento, vino a saber que Proserpina había sido raptada por Plutón, señor y dios del Hades. Saliendo de la cumbre del monte llamado Etna con su carro tirado por cuatro caballos la había cogido por sorpresa y se la había llevado como esposa para que reinara con él en los infiernos. Ceres abandonó la búsqueda y se dirigió al Olimpo a suplicar a Júpiter. Él era el padre de Proserpina y debía responsabilizarse de su devolución. Supo ser muy persuasiva. Júpiter ordenó a Plutón que liberase a Proserpina para que regresara con su madre. Pero el viejo del Hades era astuto: antes de dejar marchar a su esposa, le ofreció gentilmente una granada y la invitó a comerla. Ella, deseosa de salir cuanto antes de aquel lugar sombrío, para no discutir ni entretenerse más de la cuenta, tomó seis granos y se los comió. Así, mediante esa fruta que rubricaba la fidelidad en el matrimonio, la obligaba a regresar con él durante seis meses al año.

    El reencuentro de Proserpina con su madre Ceres fue emocionante. Durante su largo abrazo, la tierra volvió a florecer: verdearon los campos, se llenaron de brotes, de espigas, de flores y de frutos. Reía el sol, el cielo aparecía alto y limpio y agrupaba de vez en cuando las nubes para que con una lluvia fina alimentaran la tierra. Y así, cada año, se repite la historia: cuando Proserpina debe regresar al Hades con su marido, la madre Ceres abandona toda actividad y se recluye en sí misma y en su dolor, negándose a cuidar de la tierra hasta el regreso de su hija.


    ¿Sabes? Mi madre me dijo entonces que todas las mujeres llevábamos en nuestro corazón a una Ceres y a una Proserpina. El otoño evoca en nosotras la pérdida. La pérdida de la madre, cuando somos jóvenes y sabemos que un día el matrimonio nos separará de la nuestra. La pérdida de la hija cuando somos madres y os vemos crecer sabiendo que tendremos que entregaros a un hombre. Esa es la melancolía del otoño, ese pesar inevitable. Así pues, Lucila, cuando veas amarillear las hojas de los perales del huerto, piensa en tu madre y en mí. Debes saber que, como Ceres, siempre, ininterrumpidamente te buscaremos y tendremos los brazos abiertos para ti, porque la primavera, como el otoño, siempre llega.


Cuídate mucho y escríbeme.


Tomado del Blog de Isabel Barceló


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