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Tántalo


   Tántalo es famoso por el terrible suplicio que sufre en el Tártaro, compañero allí de otros condenados que purgan su culpa de un modo especialmente cruel: Sísifo, Ixión, Ticio y las Danaides.

    Su madre fue Pluto y su padre Zeus (aunque según otros habría sido el rey Tmolo, conocido por haber ejercido de juez en el famoso certamen musical que enfrentó a Pan con Apolo y que le costó a Midas sus orejas de burro por no estar de acuerdo con el veredicto). Casó con la pléyade Dione (o con Eurianasa, o con Clitia) y fueron hijos suyos Pélope, Níobe y Bróteas. Parece que reinó en Frigia, aunque otros lo sitúan como soberano de Corinto o de Argos.

    Cuando Zeus era un niño que se alimentaba con la leche de la cabra Amaltea y escapaba en Creta  a la vigilancia de su padre Crono, Hefesto regaló a Rea un perro de oro para que protegiera al pequeño. Pandáreo robó el perro y se lo entregó a Tántalo para que lo escondiera. Cuando amainó el revuelo por el hurto, reclamó el perro, pero Tántalo juró por Zeus que en su vida había visto tal perro de oro. Finalmente Hermes logró recuperarlo.

    Parece que gozó durante un tiempo del trato con los dioses y que Zeus lo favoreció con su amistad, sentándolo a la mesa de los inmortales. Engreído con esta deferencia e incapaz de refrenar su lengua, pronto traicionó  esta confianza revelando  las conversaciones que los dioses mantenían durante sus banquetes. Es más, su audacia llegó al extremo de robar néctar y ambrosía para compartirlos con sus amigos.

    Con ocasión de una visita que los dioses hicieron a su reino, Tántalo se aprestó a ofrecerles un banquete en el monte Sípilo. Pero las escasas reservas de su despensa no bastaban para agasajar como es debido a tan ilustres huéspedes y, ni corto ni perezoso, descuartizó a su pequeño hijo Pélope, lo guisó y los sirvió como plato principal (o bien lo único que pretendía era comprobar la omnisciencia de sus invitados). Lo cierto es que los dioses se apartaron horrorizados nada más ver la bandeja, a excepción de Deméter que, hambrienta y trastornada por la reciente pérdida de su hija Perséfone, comió inadvertidamente la paletilla izquierda. Zeus montó en cólera y ordenó a Hermes que restituyera al niño a la vida. Hermes recogió los trozos, los hirvió en un caldero, pronunciando un hechizo, Deméter sustituyó la paletilla que faltaba por otra de marfil y las Moiras consintieron en volver a unir el hilo de la existencia. Renació así el niño mucho más hermoso aún de lo que había sido, tan bello que Poseidón se encaprichó de él y lo subió al Olimpo haciendo de él su copero y su amante.

    Por todo esto Zeus le quitó la vida, arruinó su reino y le reservó un castigo memorable. Tántalo fue amarrado a un árbol en el Tártaro, en una laguna cenagosa cuyas aguas cubrían al desgraciado hasta la barbilla. Del árbol penden lustrosas y fragantes manzanas, peras y granadas. Allí se consume devorado por la sed y el hambre. Cada vez que trata de bajar la cabeza y beber, el agua se retira. Cuantas veces alarga la mano para atrapar una fruta, un viento repentino aleja las ramas del árbol y su tormento se repite eternamente. Por si esto fuera poco, Zeus colgó sobre su cabeza una roca del monte Sípilo que amenaza con desplomarse y aplastarlo.




Nicolás Latorre


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