página principal IES "ALONSO CANO", DÚRCAL VIAJE DE ESTUDIOS 2010





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Viernes, 25 de junio. Estambul:


    Nos despiertan a las 7:00, desayunamos a las 7:30 y a las 8:00 salimos a la puerta del hotel. Hay algunos retrasos, gente que se ha quedado dormida. Nos esperan nuestros anfitriones del Instituto Cervantes a las 9:15 a las puertas de Santa Sofía. Hace muy mal día. Llueve fuertemente y no vamos a poder coger el tranvía. No tenemos fichas y las máquinas expendedoras sólo aceptan billetes de 5 o 10 TL. Tardaríamos una eternidad en adquirirlos, así que decidimos ir a pie.

    Como casi nadie tiene paraguas, nos vemos obligados a detenernos en los numerosos puestos callejeros que los venden. Por fin, todos protegidos de la lluvia, seguimos paralelos a la línea de tranvía, por la Ordu Caddesi, pasamos junto a la columna de Constantino (Çemberlitas), y a las 9 h llegamos a Santa Sofía. Media hora después llega un funcionario del Instituto Cervantes y, a los pocos minutos, su director, Antonio Gil de Carrasco, que será para nosotros un guía de lujo. Adquirimos las entradas. No hacen descuentos a los estudiantes, así que hay que pagar 20 TL (unos 10 €) por persona. Paga el fondo común.


    Santa Sofía es una de las construcciones más grandiosas e importantes de toda la historia de la arquitectura, aunque los macizos contrafuertes que se añadieron a la estructura original para protegerla de los terremotos le hayan hecho perder la esbeltez original en su exterior. En el solar del templo que Constantino había hecho levantar a la Divina Sabiduría, templo destruido y reconstruido varias veces y que volvió a arder en los tumultos del hipódromo del año 532, el emperador bizantino Justiniano decidió levantar la construcción "más suntuosa desde los tiempos de la Creación". No se reparó en gastos y los mármoles más bellos y los más valiosos materiales afluyeron desde todos los rincones del imperio. Los arquitectos griegos Artemio de Tralles e Isidoro de Mileto se pusieron al frente de un ejército de 10.000 obreros y 100 capataces. Por fin Justiniano pudo inaugurarla en 537. Sin embargo, la audaz cúpula no resistió demasiado tiempo y se vino abajo durante el terremoto de 559. Isidoro de Mileto el Joven, sobrino del primer arquitecto, modificó las dimensiones de la cúpula y añadió los pesados muros de contención. Cuatro años más tarde Justiniano volvió a inaugurar la basílica.

    La extraordinaria decoración en mosaicos de Santa Sofía sufrió pérdidas irreparables por la acción del movimiento iconoclasta. Ya en el siglo XIII los cruzados la saquearon y se llevaron buena parte de sus riquezas. Por fin, en 1453, tras la conquista de Constantinopla por los turcos otomanos, Mehmet II la convirtió en mezquita, convirtiéndose así en modelo para las futuras mezquitas otomanas. En el siglo XVIII se cubrieron con cal los mosaicos bizantinos. A mediados del XIX empiezan las restauraciones, que culminan en 1935 cuando Atatürk la convierte en museo y se inician trabajos rigurosos para devolverle su aspecto original.


    Accedemos a la basílica. Antonio Gil nos da unas explicaciones generales sobre la construcción, señalando las diferencias con la Mezquita Azul, que veremos más tarde. Buen conocedor del árabe, Antonio se detiene en la explicación de los grandes discos de madera, de 7,5 m de diámetro con decoración caligráfica que cuelgan en las esquinas de la nave central. Esta, por cierto, sostiene la cúpula de 31 m de diámetro y 55 m de altura, que descansa sobre arcos y pechinas, solución novedosa para pasar de la estructura cuadrada a la circular y que tantas veces se utilizará en adelante.



    Nos acercamos al mihrab y a la galería del sultán. Es una lástima que esté lloviendo. En un día luminoso la luz penetraría por los arcos de la cúpula que parecería estar flotando. Hoy todo está en penumbra.


    Por una rampa empedrada subimos a las galerías. Sorprenden por sus dimensiones. En ellas podremos admirar algunos de los mosaicos que han sobrevivido, como los restos de la magnífica deesis en la que aparece Cristo en majestad rodeado por María y Juan el Bautista en actitud suplicante. Otro mosaico muestra a Cristo con la emperatriz Zoe y Constantino III Monomaco.


    Ya en la salida, un espejo devuelve al visitante desprevenido la imagen de un magnífico mosaico situado sobre la puerta imperial. Representa a la Virgen con el Niño y a Constantino ofreciendo simbólicamente la ciudad de Constantinopla. Justiniano, a su vez, ofrece un modelo en miniatura de Santa Sofía.










    Salimos. Continúa lloviendo, aunque nuestra próxima visita está a pocos metros de Santa Sofía. Son las 10:30 h. La Cisterna Basílica, Yerebatan Sarnici (cisterna sumergida) es otro de los grandes atractivos de Estambul. Se trata de un aljibe subterráneo de casi una hectárea de superficie, con 12 filas de 28 columnas de 8 m y capiteles de diversos estilos, aunque predomina el corintio. La cisterna fue construida por Constantino y ampliada por Justiniano. Recogía el agua de los acueductos de Adriano y de Valente y tenía una enorme importancia estratégica para el caso de que se cortaran los acueductos o la ciudad sufriera un asedio. Surtía al palacio imperial, como después lo hizo al palacio de Topkapi, antes de caer en desuso. En el siglo XVI fue descubierta. A finales del XX se limpió y acondicionó para su visita turística, construyendo una plataforma de madera que la recorre hasta el extremo noreste, donde se sitúan dos columnas apoyadas sobre grandes bloques labrados con la cabeza de Medusa, que hacen de pedestal. 


    Las columnas proceden de templos paganos de Anatolia y soportan pequeñas bóvedas de ladrillo. Los muros están cubiertos de mortero impermeable. Peces oscuros y ciegos, de buen tamaño, recorren el agua, que se ha mantenido a una altura de unos 30 cm. La certera iluminación de esta "catedral sumergida" contribuye a hacer de la cisterna un espectáculo inolvidable. Tras unas breves explicaciones de Antonio Gil, recorremos la plataforma y aprovechamos para intentar obtener fotos aprovechables.


    Salimos de la Cisterna. Antonio Gil nos hace rodear Santa Sofía para llegar a la calle de la Fuente Fría. Una de sus hermosas casas muestra una placa conmemorativa de la visita de nuestra reina Sofía en el año 2000.

    Desde esta calle desembocamos en una explanada cuyo centro está ocupado por la fuente de Ahmet III. Frente a ella se abre la puerta Bab-i-Hümayun, la puerta del Augusto, que da acceso al primer patio del palacio de Topkapi, el patio de los jenízaros. Pasamos la puerta, dejando a nuestra izquierda la iglesia de Santa Irene y el Museo de Antigüedades. Llegamos así a la puerta llamada Ortakapi, por la que se entra en la residencia de los sultanes. Solamente el sultán podía cruzarla a caballo. Topkapi fue levantado en el lugar que ocupaban los palacios imperiales antes de la conquista otomana. Este enclave estratégico domina el Cuerno de Oro y el Bósforo y se asoma al mar de Mármara. Sirvió de residencia de los sultanes desde 1455 a 1855, en que se trasladaron al palacio Domabahçe en el Bósforo. El palacio actual, una compleja sucesión de edificios articulados en torno a varios patios, es el resultado de sucesivas ampliaciones del palacio original.

    Al cruzar Ortakapi encontramos la taquilla y los arcos de seguridad. No tenemos suficientes liras turcas para pagar la entrada, así que debemos recurrir a la tarjeta Visa de uno de los profesores. La entrada general cuesta 20 TL, más otras 15 TL para acceder al Harén. Es un poco caro, la verdad, sobre todo porque no hacen descuentos de ningún tipo, ni a grupos, ni a estudiantes, ni a menores de 18 años.

    Nos dirigimos directamente al Harén, que tiene su propia taquilla. Esta parte del palacio, vedada a todos los extraños, estaba reservada para las mujeres de la familia del sultán, sus esposas, concubinas y esclavas. Estaban custodiadas y eran servidas por eunucos. Las casi 400 piezas del harén forman un intrincado laberinto de pasillos, patios, estancias, dormitorios, salones, baños, escaleras, etc. El visitante no se cansa de admirar los fabulosos azulejos de Iznik que decoran casi todas las paredes. Antonio Gil se extiende en las explicaciones. Se nota que disfruta especialmente en esta zona del palacio. Pasa rápidamente de una estancia a otra. A menudo sólo los más cercanos escuchan las explicaciones, porque el grupo entero no cabe en la habitación. A pesar de tener que pagar una nueva entrada, la visita al harén es imprescindible para llevarse una idea cabal del Topkapi, es la joya más preciosa del palacio. Algunas dependencias, como la sala del sultán, son de un lujo refinadísimo. Al salir del harén damos 5 m para ir al servicio.



    Continuamos la visita con las salas de las reliquias. No se pueden hacer fotos. A la entrada hay un hombre recitando el Corán. Su voz se escucha en las salas, que guardan reliquias como la espada de David, la vara de Moisés, pelo de la barba de Mahoma, así como su huella en una piedra.

    Nos asomamos a una galería desde la que se tiene una vista excepcional del Bósforo y del mar de Mármara. Desgraciadamente las nubes bajas y la lluvia no dejan ver más allá de unos centenares de metros. Pasamos a continuación al Tesoro, cuatro salas que guardan riquezas fabulosas: armaduras, puñales finamente cincelados, tronos de oro macizo (el de Murat III pesa 250 kg), piedras preciosas en bruto, candelabros, diversos objetos con piedras engastadas. Sin duda uno de los reclamos de este tesoro es el famoso diamante Kasikçi, de 86 kilates, tallado en 58 facetas y rodeado de brillantes. A la salida del tesoro tenemos que esperar un rato a que amaine el intenso aguacero. Gruesas canales caen en las esquinas de los patios. No pasamos al cuarto patio ni visitamos la colección de miniaturas y retratos. La verdad es que una visita detenida al palacio requiere de toda una mañana, tiempo del que no disponemos. Lo último que vemos es la Sala de Audiencias, donde se recibía a los embajadores acreditados en la Sublime Puerta.











   
    Abandonamos el palacio de Topkapi a las 13:45. Continúa lloviendo. Nos dirigimos al cercano restaurante Masal, situada tras la Cisterna, en Incili Çavus sok. nº 29, donde Antonio Gil ha tenido la amabilidad de hacernos la reserva con un menú de 17 €. Nos ponen unos ricos aperitivos, pan de pita, brocheta de pollo, refresco y postre. Mª Ángeles, esposa de Antonio Gil, se une al grupo durante el almuerzo.

    A las 15:15 estamos listos para continuar las visitas. En la plaza Sultanahmet empleamos algunos minutos en hacer fotos panorámicas de Santa Sofía y de la Mezquita Azul. Ya no llueve, pero el cielo sigue encapotado.

    Nos dirigimos a la Mezquita Azul o Sultan Ahmet Camii, otro de los símbolos de Estambul. Mehmet Aga, un discípulo del gran Sinán la construyó entre y 1609 y 1616. No se puede negar que el exterior es muy armonioso, con el juego de volúmenes de cúpulas, semicúpulas y exedras. La mezquita está precedida de un gran patio porticado que da al hipódromo y es la única en Estambul con seis minaretes. En el centro del patio hay una fuente para las abluciones. La entrada principal, sólo para los creyentes, se hace desde este patio. Los turistas, en cambio, acceden por la puerta sur y no pueden traspasar la zona acotada para las plegarias.


    Debemos esperar en la cola unos diez minutos antes de poder entrar. El interior es hermosísimo, en parte gracias a los más de 20 mil azulejos de Iznik que la decoran, de diversos colores, aunque predomina el azul. Antonio Gil no se extiende mucho en las explicaciones. Compara la distinta solución arquitectónica empleada aquí y en Santa Sofía para soportar el peso de la cúpula. El sultán Ahmet pretendía competir con la basílica justiniana que se encuentra en frente. Pero lo que en Santa Sofía es un verdadero alarde que desafía las leyes de la gravedad aquí se sustancia en cuatro enormes pilares que ofrecen robustez en detrimento de la esbeltez y la ligereza. Con todo no deja de ser un espacio muy hermoso que sorprende al visitante. Lástima que otra vez la escasa luz que penetra del exterior por las 260 ventanas no nos permita apreciar los efectos cromáticos posibles sólo en un día luminoso. Tras las explicaciones dejamos unos minutos para las fotografías.









   

  
     Salimos al hipódromo, explanada rectangular donde en la antigüedad se celebraban las carreras de caballos y de carros. La concentración de espectadores de facciones políticas o deportivas enfrentadas, degeneraba a menudo en tumultos. Poco es lo que queda de la riquísima decoración del hipódromo, expoliado una y otra vez y convertido, como tantas veces, en cantera de materiales. Los caballos dorados que hasta hace poco adornaban la fachada de San Marcos en Venecia (se han sustituido por copias, pasando los originales al museo) salieron de este hipódromo en tiempos de la cuarta cruzada.

    De sur a norte encontramos primeramente el obelisco de Constantino, probablemente del siglo IV, formado por toscos bloques de piedra recubiertos con láminas de bronce, hoy desaparecidas, por Constantino VII en el siglo X.

    A continuación encontramos la columna Serpentina. En la actualidad tiene una altura de 5,30 m (tres de ellos bajo el nivel del pavimento) de los 8 que tuvo originalmente. Esta columna fundida en bronce tiene una curiosa historia. Fue levantada en Delfos para celebrar la victoria de Platea (479 a.C) por las ciudades coaligadas  contra los persas. Está formada por las circunvoluciones de tres serpientes que al final separaban sus cabezas mirando en direcciones diferentes. Las cabezas sostenían un trípode de oro coronado por una vasija del mismo metal. Estos últimos elementos desaparecieron ya en la antigüedad. La columna de las serpientes no llegó a agradar ni a los cristianos ni, tras la conquista, a los musulmanes, que veían en ella un símbolo demoníaco. Las cabezas de las serpientes fueron objeto de diversas mutilaciones, aunque al menos dos de ellas se conservaban hasta finales del siglo XVII. Luego desaparecieron, aunque se descubrió parte de una de ellas, que se expone en el museo.


    Más allá se levanta el obelisco de Teodosio, mandado construir por Tutmosis III (1504-1450 a.C), que viajó desde Egipto a Constantinopla en el 390 d.C. La pieza monolítica de 20 m con jeroglíficos bien conservados se asienta sobre cuatro cubos de bronce y una base de mármol  con relieves que representan a Teodosio. Muy cerca se encuentra la fuente del emperador Guillermo II, o Fuente Alemana, donada por el Kaiser al sultán en 1895. Tiene forma de templete octogonal y estilo neobizantino. Cuando estamos junto a esta fuente observamos un gran movimiento de gente y de coches de policía. Se trata del primer ministro turco, Erdogan, que sale de un acto en el palacio de justicia.


    Acabada la visita al hipódromo, volvemos a la calle del restaurante Masal, y dejamos unos minutos para compras, pues hay gente interesada en visitar las tiendas de artesanía, especialmente la de bolsos.  Allí se reúne con nosotros Manuel Viceira, que nos va a acompañar a la excursión por el Bósforo, y se despiden Antonio Gil y Mª Ángeles.


    Mientras nos dirigimos al lugar de embarque, pasamos por delante de la Sublime Puerta. Los profesores entramos en un par de bancos para cambiar euros por liras turcas, pero no nos atienden. Una empleada nos señala una oficina de cambio situada dos puertas más arriba, donde rápidamente nos hacemos con el dinero que necesitamos.


    Los barcos que hacen la excursión por el Bósforo salen de la explanada situada frente a la Mezquita Nueva y el Bazar Egipcio, la Eminönü Meydani, que bulle de actividad. El trayecto hasta el segundo puente dura hora y media y cuesta 10 TL (si lo hubiéramos contratado con la agencia nos habría salido bastante más caro). Adquirimos los billetes y subimos al barco. Llaman nuestra atención unas embarcaciones multicolores que se balancean amarradas al muelle. Se dedican a la fritura de pescado, que se sirve en las mesas de la orilla.


    Uno de los grandes atractivos de la excursión por el Bósforo es disfrutar de sus famosos atardeceres. No vamos a tener esa suerte, pues el cielo permanece cubierto. Nada más zarpar el barco pasa bajo el puente Karakoy, que como siempre está lleno de gente pescando con caña. Bordeamos primeramente la orilla europea. Manuel Viceira nos va explicando todo lo que aparece a nuestra vista. Tras pasar por la zona donde se alza la Kiliç Ali Pasa Camii, mezquita de la época de Solimán el Magnífico, divisamos el Istanbul Modern, museo de arte contemporáneo que ocupa un antiguo hangar de la Marina Turca. Nos cruzamos con una enorme embarcación de crucero. Llegamos a la mezquita barroca de Dolmabahçe y, junto a ella, el Dolmabahçe Sarayi, residencia de los sultanes desde que dejaron el palacio Topkapi. Pasamos luego junto al Museo de la Marina. Ya en el barrio de Besiktas, encontramos el palacio Çiragan, construido en 1874 y reconvertido en un hotel de lujo.








    Poco antes de llegar al primer puente llama nuestra atención la elegante mezquita de Ortaköy, del siglo XVIII. Este primer puente, inaugurado en 1973, tiene una longitud de 1.560 m,  alcanza una altura de 64 m y es el puente colgante más largo de Europa. Se suceden las terrazas de elegantes restaurantes y cafeterías. Finalmente llegamos a Rumeli Hisari, un enorme recinto fortificado formado por tres torreones unidos por bastiones almenados. Fue construido por Mehmet II en 1452, un año antes de la toma de Constantinopla. Sus cañones controlaban el paso por el Bósforo.

Poco después de Rumeli Hisari se llega al segundo puente sobre el Bósforo y nuestro barco da la vuelta para regresar ahora por la orilla asiática. Lo primero que vemos es el palacio de Göksu o de Küçüksu, construido a mediados del siglo XIX en estilo rococó. Más allá pasamos junto a la fachada en restauración de la escuela militar, Kuleli Askeri Lisesi. Muy cerca del primer puente se alza el Beylerbeyi-sarayi, construido en 1856 para servir de residencia a los jefes de Estado y mandatarios en visita oficial. Su arquitectura es muy parecida a la del palacio Dolmabahçe, aunque de menores dimensiones.


     Bordeamos el barrio de Üsküdar, del que se destaca la mole de la Mihrimah Camii, mezquita construida en 1548 por Sinán, que obedecía un encargo de Mirimah, hija de Solimán el Magnífico. Ya frente a la entrada al Cuerno de Oro se halla la llamada torre de Leandro (Kiz Kulesi), torre fortaleza del siglo XII rehecha en el XVIII y que ahora aloja un restaurante. Tras pasar bajo el puente de Karakoy atracamos en el embarcadero. La excursión por el Bósforo ha durado hora y media.



    Recorremos a pie el puente de Karakoy (conocido también como puente Gálata) para llegar a la otra orilla del Cuerno de Oro. El puente está atestado de pescadores. En un paso subterráneo compramos 106 fichas para el tranvía de mañana (106 x 1.5 TL = 159 TL). Camino de la torre Gálata, Viceira nos lleva a la escalera del amor, de la que dice que fotografiada y hecha famosa por Henri Cartier-Bresson. Desde aquí, por una empinada calle llena de tiendas, algunas de instrumentos musicales, llegamos a la torre Gálata. Está anocheciendo. La torre de 68 m de altura y forma cilíndrica fue primeramente construida a principios  del siglo VI. Destruida en 1261, los genoveses la reconstruyeron en 1349. Actualmente aloja un restaurante. Un ascensor sube a los visitantes hasta la penúltima planta, desde donde acceden por una rampa a la galería superior. La torre es famosa porque desde ella se disfruta de una de las mejores vistas del Cuerno de Oro y del Bósforo.


    Algunas alumnas intentan ir a los servicios de los bares cercanos a la torre, pero no las dejan entrar por no ser clientes. Luego podrán hacerlo cuando Viceira las lleve a un bar cercano a cuyos dueños conoce.  Nos lleva ahora por un pasaje repleto de estupendos restaurantes, algunos con música en directo, y finalmente salimos a Istiklad Caddesi. La avenida Istiklal es con razón una de las calles más famosas de Estambul. Desde el barrio genovés que rodea a la torre Gálata se extiende hasta la plaza Taksim. Es una vía peatonal, aunque por el centro pasa el tranvía. Esta calle nunca duerme. Tres millones de personas la recorren un fin de semana. Las mejores tiendas de ropa, de música, librerías, galerías de arte, cines, teatros, bibliotecas, cafés, pubs, clubes de noche con música viva, pastelerías históricas, chocolaterías y restaurantes se suceden a lo largo de sus tres kilómetros.


    Viceira nos va señalando los edificios y tiendas de mayor interés. Para calmar un poco el furor comprador de algunas alumnas, dejamos 15 m para que entren en una tienda Mango de dos plantas que está en rebajas. Al lado está la tienda del inventor de las delicias turcas. Entretenemos la espera comprando unos artilugios luminosos que los vendedores lanzan a una altura increíble. Al final de Istiklal damos un tiempo para que los alumnos se repartan por los muchos establecimientos de comida rápida y puedan cenar. Pasado un rato, como tardan en servir a los profesores, Roberto y Manuel Viceira recogen a los alumnos y los conducen al cercano Instituto Cervantes. Han tenido la gentileza de abrirlo para nosotros. En su salón de actos podremos ver el partido  que enfrenta a las selecciones de España y Chile en el Mundial de Suráfrica y descansar un rato de la larga jornada.


    Una vez que acabamos de cenar, los profesores nos acercamos a la plaza Taksim. Vemos el monumento a Ataturk. En un rincón de la enorme explanada hay un interesante concierto en directo de música de Macedonia. Estamos allí un rato y nos dirigimos al Instituto Cervantes. La mitad de los alumnos sigue el partido de fútbol por la pantalla gigante. Otros descansan en las salas aledañas. Una hora después un numeroso grupo de alumnos, con los profesores y Viceira se acercan a la plaza Taksim. El concierto continúa y los alumnos se suman al público y se ponen a bailar. La música tiene mucha marcha. Nuestras chicas bailan desinhibidas rodeadas de jóvenes turcos. Viceira y los profesores se mantienen atentos, por si acaso.

    Media hora después acaba el concierto y volvemos todos al Instituto Cervantes. El partido ha terminado con la victoria de la selección española por 2 a 1. Viceira ha contratado un minibús de 27 plazas que nos llevará de regreso al hotel en dos viajes. Ha sido un gran acierto y una ganga, pues por tan sólo 150 TL podemos regresar cómodamente y con seguridad, sin depender de taxis. Parte el primer grupo. El bus tarda mucho en volver. Nos enteramos después de que el conductor estuvo 20 m parado, seguramente preguntando la dirección exacta del hotel. El segundo viaje sí es muy rápido. Roberto y Nicolás dan una vuelta por los pasillos del hotel y se aseguran de que todo está en calma. Ha sido una larguísima jornada, muy bien aprovechada.


Sábado, 26 de junio: Estambul


    A las 8:30 ya estamos en la puerta del hotel. Subimos por Mustafá Kemal hasta la parada de tranvía de Aksaray. Repartimos las fichas y pasamos los tornos. El tranvía, moderno y amplio, viene casi lleno. Tenemos alguna dificultad para que entre todo el grupo, pero lo conseguimos. Sabemos que debemos bajar en Kabatas, la última parada de la línea. Pero pasadas dos o tres paradas, alguien nos advierte de que deberemos cambiar de tranvía. En efecto, todos se bajan y el tranvía se aleja en dirección opuesta. Enseguida llega otro, subimos y cruzamos el puente Gálata (Karakoy) y llegamos al final de línea. La parada de Kabatas está a un centenar de metros de nuestra próxima visita, el palacio Dolmabahçe. Parece que hoy no va a llover.


    Llegamos al palacio a las 9:30. Mientras llega Viceira entretenemos el tiempo con los muchos vendedores que se acercan. Especial éxito tuvo un vendedor de trompos.


    Entramos en el recinto. Pasamos el control de seguridad y presenciamos un cambio de guardia. Los alumnos se fotografían junto a un soldado que permanece absolutamente inmóvil e impertérrito. Presentamos los carnés de estudiante, pero parece que hay algún problema con la reserva que nos habían hecho desde el Instituto Cervantes. Viceira hace una llamada y por fin nos conceden la entrada reducida (1 TL por persona). Ha sido la única vez que nos hemos beneficiado de una reducción en el precio de las entradas.


    Cruzamos varias puertas y un jardín con estanque hasta la escalera de acceso a las visitas guiadas. A nuestra izquierda se alza la monumental puerta imperial.

    Debemos esperar un rato hasta que dan paso a nuestro grupo. Son siempre visitas guiadas. Hoy no hay guía en español, pero Viceira se ofrece a traducirnos las explicaciones en inglés. Nos dan unas bolsas que nos ponemos en los zapatos para no estropear las alfombras. El palacio Dolmabahçe se construyó entre 1842 y 1853 como residencia de los sultanes que cambiaron el viejo palacio Topkapi por las comodidades que les ofrecía la nueva residencia junto al Bósforo. Es un gran edificio al estilo europeo, neobarroco, lujosamente amueblado y con grandes salones para las recepciones.






    Comenzamos la visita subiendo la famosa escalinata de cristal, en madera de caoba, con adornos de latón y balaustrada de cristal. Se suceden los salones y estancias con enormes alfombras, arañas de cristal y muebles suntuosos. Viceira traduce las palabras del guía y añade sus propios comentarios. El salón del trono, en el que se recibía a los dignatarios que entraban directamente desde el Bósforo, tiene 2000 m2. Del techo cuelga la mayor araña de cristal de Bohemia del mundo, regalo de la reina Victoria, de más de cuatro toneladas de peso.

    Especial significado para los visitantes turcos del palacio tiene la habitación en que murió Atatürk, el fundador de la moderna Turquía y su primer presidente. Los relojes del palacio marcan las 9:05, el momento en que falleció, el 10 de noviembre de 1938.

    Acaba así la primera parte de la visita. Queda por ver el harén. Como hay alumnos que dan muestras de cansancio, dejamos que continúen los que lo deseen. Dos tercios se animan a completar la visita. Los demás se recuestan en las escalinatas de una puerta del palacio.

    La zona palaciega privada constituida por el harén es muy interesante, aunque mucho menos lujosa que la zona pública. Permite hacerse una idea de la vida diaria de la familia del sultán. A la salida pasamos por los servicios, recogemos al resto de alumnos, algunos de los cuales están totalmente dormidos y son fotografiados por los japoneses, y nos hacemos una foto de grupo ante una puerta monumental que da al Bósforo.

    Salimos del recinto y pasamos junto a la torre del reloj, que es una antigua estación meteorológica. Nos dirigimos directamente a la mezquita de Dolmabahçe, para ver una muestra de mezquita barroca, muy diferente a las de estilo otomano que hemos visto hasta ahora. Sorprende por su luminosidad y la gracia de su decoración.


    Regresamos al centro. En la parada del tranvía, Kabatas, intentamos que entre todo el grupo. Viceira se queda fuera para asegurarse de que es así, pero se le cierran las puertas y deberá esperar al siguiente. En la siguiente parada suben Antonio Gil y Mª Ángeles, que van a almorzar con nosotros y a enseñarnos el Gran Bazar. Tenemos que bajar en Sultanahmet. Cuando la megafonía del tranvía anuncia esa estación, Antonio Gil se percata de que hay un error y faltan aún dos estaciones. Algunos alumnos han bajado ya de los vagones anteriores pero vuelven a subir inmediatamente alertados por Mª Ángeles.

     Llegados definitivamente a Sultamahmet, Antonio Gil quiere aprovechar que queda un rato para el almuerzo y nos lleva al cercano mausoleo del sultán Ahmet, que ha sido abierto recientemente a la visita turística.
Un pórtico de tres arcos y tres cúpulas da acceso al mausoleo, de planta cuadrada, con cúpula que descansa sobre un tambor poligonal. Las paredes están recubiertas de azulejos de Iznik y artesonados. Contemplamos los catafalcos del sultán Ahmet I y de algunos familiares y sucesores. Ahmet I se había convertido en sultán a los 14 años de edad y murió con tan sólo 27, en 1617. Durante su mandato se construyó la Mezquita Azul, que lleva su nombre.

    Damos 15 minutos para pasear por la plaza y hacer fotos. Nos reunimos con algún retraso pues algunos alumnos andan dispersos por la plaza y poco atentos a la hora de la cita. A. Gil nos conduce hasta el Hotel Adamar, que se halla a unos doscientos metros de la cisterna de Yerebatán. Ya en la puerta, Roberto recibe la llamada de dos alumnas que se han perdido del grupo. Vamos a recogerlas a las inmediaciones del mausoleo de Ahmet. De vuelta, subimos las seis plantas del hotel Adamar por una escalera de caracol típica de las construcciones turcas. Desde la terraza comedor cubierta hay vistas estupendas de la ciudad.


    Nos sirven un excelente almuerzo: de primero, hoja de parra encurtida rellena de arroz especiado; pimientos rellenos y otros entrantes que muchos alumnos ni prueban. De segundo, ternera con puré. De postre dan a elegir entre un helado con barquillo, muy bien presentado, y unos dulces exquisitos que Viceira nos aconseja probar. Al acabar, subimos a la terraza, desde donde se disfruta de una buena panorámica de Santa Sofía y de la Mezquita Azul.


    Es hora de iniciar nuestra visita al Gran Bazar. Seguimos a Viceira. Antonio Gil nos muestra una cafetería, en medio de un cementerio, donde a veces gusta de fumar un narguile. Pasamos junto a la columna de Constantino y llegamos a Beyazit Meydani. No tenemos muy claro cómo organizar la visita de un grupo de 50 alumnos por el laberinto del Gran Bazar. Finalmente decidimos que lo mejor es darles libertad para que se organicen por sí mismos y los citamos para hora y media después en la misma plaza Beyazit.


    No hay duda de que el Gran Bazar es una de las grandes atracciones del Estambul. Aunque no te dejes llevar por la compulsiva voracidad compradora del turista, recorrer estas casi sesenta calles cubiertas, hermosamente decoradas, es toda una experiencia. Tras la caída de Constantinopla en 1453, su conquistador el sultán Medmed II ordenó la construcción de un bazar cubierto para el comercio de sedas y tejidos que con el tiempo se fue ampliando y organizando por actividades y oficios con una estructura gremial aún hoy visible. No hay un espacio libre, a pesar de los altísimos alquileres que los comerciantes tienen que pagar por los locales. El bazar actual es el resultado de diversas remodelaciones tras incendios y terremotos.



    Antonio Gil y Mª Ángeles, buenos conocedores del Gran Bazar, guían nuestros pasos por las tiendas con artículos más asequibles. Conocen a los vendedores y eso es importante. Encontramos de vez en cuando grupos de alumnos que van perfeccionando sus técnicas de regateo y hacen ostentación de las gangas conseguidas.


Las 17:30 es la hora de la cita, a la que acuden tarde algunos alumnos, los de siempre. Es difícil contar el grupo en un lugar de tanto tránsito como la plaza Beyazit. Cuando lo conseguimos y estamos seguros de estar todos, volvemos a entrar en el Gran Bazar, ya en grupo compacto, siguiendo a Antonio Gil que nos conduce a una de las puertas secundarias por la que abandonamos el bazar. Salimos a unas calles tan fascinantes como las del bazar, con más aglomeración de gente si cabe y con una oferta de productos aún más variada, en las que resulta difícil abrirse paso. Prestamos atención a que nadie del grupo se quede atrás.


    Por fin llegamos al Bazar de las Especias o Bazar Egipcio.  Abierto en 1664, la construcción de este bazar está ligada al sostenimiento económico de la Mezquita Nueva, que se alza al lado. Su nombre en turco es Misir Çarsisi (Misir significa Egipto o cereal). Se trata de una construcción en forma de "L", con seis puertas y 88 tiendas que se abren a ambos lados de la lonja central. Aquí es imposible perderse. El encanto del Bazar Egipcio estriba en la belleza y el colorido, el olor y la magnífica presentación de los productos expuestos: especias, dulces, conservas, café y té, etc. Lamentablemente cada vez son más los puestos que ofrecen artículos pensados para el turista y que este puede encontrar en cualquier otro sitio. Por la noche los puestos permanecen abiertos con una intensa iluminación.






    Después de dar una vuelta y mientras los alumnos hacen sus compras o salen a la explanada de la Mezquita Nueva, Viceira conduce a Roberto y Nicolás a través de una de las puertas del Bazar hasta una calle que lleva directamente a la mezquita de Rüstem Pasha. Ya nos había hablado Antonio Gil de esta mezquita como una de las joyas de Estambul. Fue construida por el arquitecto imperial Sinán en 1563 para el Gran Visir que había casado con Mihrimah, hija de Solimán el Magnífico. Aquí no encontraréis riadas de turistas, pues pocos son los que saben de su existencia. Además, la mezquita está como escondida entre las callejas cercanas a Eminönü. Es una mezquita de proporciones modestas, con un doble pórtico frontal donde ya aparece su singularidad. Tanto las paredes del pórtico como las del interior están revestidas de los azulejos más hermosos de Iznik, con tonos como el rojo, que sólo se ven aquí. Tan solo hay algunos fieles rezando. Aprovechamos para fotografiar los azulejos, tarea difícil sin trípode. A la salida compramos algunas postales al portero.

    Es una pena no disponer de más tiempo para disfrutar de esta maravilla. Hemos compensado los escasos quince minutos que estuvimos allí recopilando en Internet gran cantidad de imágenes de la armoniosa arquitectura y de los maravillosos azulejos de esta mezquita. Si alguna vez volvemos a Estambul, la mezquita de Rüstem Pasha será una de las visitas más emocionantes. La calle que nos devuelve a la puerta de salida del Bazar Egipcio está atestada de puestos de queso, aceitunas, pescado, flores y aves y el bullicio y el colorido son extraordinarios.





    Encontramos a los alumnos esperando. No están para muchos trotes, así que Antonio Gil aprovecha para llevarse a Roberto y Nicolás a la Yeni Camii, la mezquita Nueva, que está a tan solo veinte metros del grupo de alumnos. Penetramos en el patio y luego en el interior. Aunque solo disponemos de cinco minutos, son suficientes para hacernos una idea de su grandiosidad y para hacer alguna foto.

    Recogemos al grupo. Uno de los alumnos, que llevaba horas con mal cuerpo, acaba vomitando junto a la entrada del Bazar Egipcio.


    Son las 19:25 h. Nos dirigimos a la parada de tranvía más próxima para regresar al hotel. No encontramos dónde comprar las 53 fichas para el viaje, por lo que Nicolás entrega a Viceira el dinero suficiente para recargar su llavero bono por ese importe. Pacientemente Viceira pasa el llavero por el lector a medida que van pasando los alumnos de uno en uno por el torno.




    En este momento se despide de nosotros Antonio Gil, que tomará el tranvía en dirección opuesta. Le reiteramos nuestra gratitud por estos dos días en que ha estado absolutamente volcado con nosotros. Manuel Viceira nos acompaña hasta el hotel, donde los alumnos le dedican un cariñoso aplauso de agradecimiento y despedida. Se había mantenido en contacto con los profesores bastante tiempo antes de iniciar el viaje, realizó gestiones para facilitarnos la estancia, nos dio valiosos consejos y, desde que llegamos a Estambul, había estado siempre pendiente de nosotros.

    A las 21:30 los profesores salen a cenar con un grupo de alumnos por las mismas terrazas de la noche anterior. Por cierto, tenemos que presenciar una discusión entre los propietarios de dos terrazas que no se ponen de acuerdo sobre la ubicación de las mesas y tratan de hacernos sus clientes. Tomamos un duruk-kebap (de pollo) y un refresco. Es el momento para cambiar las liras turcas sobrantes por euros en las oficinas de cambio, que permanecen abiertas.

    Al regresar al hotel encontramos una nota de Mapatours, donde se nos dice que pasarán a recogernos a las 2 h. Los de recepción llamarán a nuestras habitaciones a las 00:30 y nos servirán el desayuno a las 01:30. Para esta hora todos hemos bajado las maletas a recepción. Recogemos los pasaportes de los alumnos y empiezan los problemas: faltan dos. Llega nuestro guía del circuito, Sedat, con el bus y el conductor que ya conocemos. Serán los encargados de trasladarnos al aeropuerto.
Empezamos a ponernos nerviosos con el extravío de los pasaportes. Aparece el de Esther, olvidado en una mesa. Sedat nos recuerda que se puede salir del aeropuerto de Estambul sólo con el DNI. Sólo nos falta el de Ana Mª. Le insistimos para que lo busque mejor y ¡aparece en su bolso!

    Cargamos las maletas con bastante dificultad, pues el tráfico hace algo peligrosa la operación. Al final no hay espacio para la maleta de Nicolás. La carga Sedat en su propio auto y sale precediendo al autobús camino del aeropuerto. Para que no falte emoción, la policía para a Sedat para someterlo a un control de alcoholemia. Unos minutos después vuelve a adelantarnos. Llegamos al aeropuerto. Sedat nos lleva hasta el mostrador de facturación y permanece con nosotros hasta que todo el grupo ha facturado el equipaje. En ese momento se despide.




    Pasamos el control de seguridad y nos sentamos junto a la puerta de embarque. Algunos se tumban y consiguen dormir algo. En dos buses lanzadera nos trasladan hasta el avión, al que subimos a las 4:45. Hacemos un viaje muy tranquilo y con un aterrizaje perfecto en Barajas.

    Desembarcamos a las 8:10. Esperamos en la cinta de recogida de equipaje. En el monitor aparece nuestro vuelo pero las maletas no salen. Alguien de otro grupo se percata de que por megafonía se nos asigna otra cinta. Se produce algún desconcierto pero finalmente no hay ningún problema. Salen todas las maletas del grupo.

    Una alumna se deja olvidado el pasaporte en la cinta donde se había sentado. Antes de devolvérselo, ya en la salida, le decimos en broma que la está buscando la policía y que debe enseñar el pasaporte. Cuando lo busca sin encontrarlo y empieza a preocuparse se lo entregamos. La pérdida de pasaporte, que en esta ocasión no tenía trascendencia, se puede convertir en un serio problema en otra situación.




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