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VIAJE DE ESTUDIOS 2010





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Día 22 de junio, martes:Konya - Pamukkale


    Nos despiertan a las 5:30 h. El desayuno es a las 6 h., bien surtido y de buena calidad. Nos despedimos del hotel Altinoz, del que tenemos que hacer una buena valoración. Partimos a las 6:40 h en dirección a Konya. A las 8:20 hacemos una parada para visitar el Sultanhani, uno de los caravasares que jalonaban la ruta de la seda, separados por la distancia correspondiente a un día de viaje. Estas construcciones servían de alojamiento a las caravanas, pero también de reducto defensivo en caso de necesidad. En las amplias planicies de Anatolia los caravasares surgían en medio de la nada para dar el merecido reposo a hombres y camellos.

    El Sultanhani está a 48 Km de Aksarai, en el camino hacia Konya. Fue edificado en 1229 durante el reinado del sultán selyúcida Kayqubad I, por el arquitecto sirio Mohammed Bin Havlan El Dimaski.  Si se observa desde lejos salta a la vista el poder defensivo de su amplia estructura. Los muros exteriores están jalonados de contrafuertes y torres. La entrada  monumental, con un arco apuntado de 13 m de altura decorado con mocárabes, da acceso al patio de 44 x 58 m flanqueado por un pórtico abierto a la derecha, que se utilizaba especialmente en verano y otro cerrado a la izquierda, con alcobas para el invierno, cocinas y baño. El centro del patio está ocupado por una mezquita oratorio cuadrada, con una base formada por cuatro arcos apuntados. Una doble escalera exterior conduce hasta la planta superior.


    Al fondo del patio se abre otra puerta monumental que da paso al establo almacén, una gran construcción de cinco naves, de las que la central es notablemente más alta. Fuertes pilares sostienen robustos arcos apuntados y bóvedas. La central, muy hermosa, dispone de cuatro entradas de luz. El visitante tiene la impresión de haber entrado en un espacio maravilloso, en una maciza catedral, que no es otra cosa que el establo donde los camellos descansaban y comían y se liberaban por unas horas de su carga. No es difícil imaginar el bullicio del caravasar en las últimas horas de la tarde y primeras de la noche.


    El guía nos da, como siempre, explicaciones someras y nos deja hacer la visita a nuestro antojo. Cuando casi todo el grupo ha salido nos quedamos unos pocos que inspeccionamos con detenimiento las distintas salas y subimos hasta la terraza de la mezquita.












    Fuera hay un parque, con cafetería y servicios. A las 9 en punto salimos hacia Konya y a las 10:20 h enfilamos la avenida desde la que se divisa ya la torre verde esmeralda del Mausoleo de Mevlana. El bus aparca en la misma puerta.


    Entramos al recinto del monasterio. En el centro hay un pequeño cementerio con lápidas verticales. Más allá hay una hermosa fuente para las abluciones. A la izquierda hay diversas dependencias del museo y las celdas de los novicios, convertidas en museo de tapices, que están siendo restauradas y no pueden visitarse. A la derecha, precedido de un pórtico de cuatro grandes arcos, está el mausoleo-museo de Mevlana, uno de los lugares más santos de Turquía, meta de peregrinación de miles de musulmanes. Sedat nos da unas ligeras explicaciones, nos insiste en que nos comportemos respetuosamente y no hagamos fotografías y nos cita para una hora después en la puerta. Ni siquiera entra con nosotros.

    Tenemos que ponernos unas bolsas en los zapatos, por lo que no es necesario descalzarse, para entrar en el mausoleo. Es impresionante. Observamos que los musulmanes entran con las manos en actitud de rezo. A nuestra derecha se suceden los catafalcos, cenotafios cubiertos de brocado de los derviches discípulos del fundador, hasta llegar al sarcófago que sobresale entre todos, situado justamente bajo la cúpula de azulejos verdes, el de Jalal ad-Din Rumi, conocido como Mevlana (Nuestro Señor).

    Mevlana construyó en el siglo XIII este monasterio, destinado a convertirse en uno de los lugares más importantes del misticismo islámico sufí. La orden de los derviches giróvagos sería de una importancia religiosa enorme, pero también influiría de manera notable en los acontecimientos políticos, hasta que Ataturk la disolvió en 1925.


    Las danzas de los derviches giróvagos son mundialmente famosas y forman parte del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Los danzantes giran sobre sí mismos con los brazos extendidos hasta alcanzar el éxtasis, en un movimiento que simboliza la ascensión espiritual hasta la unión mística del hombre con Dios. La danza, llamada Sema, sigue unas reglas muy severas en que cada gesto y cada parte de la vestimenta tiene su significado. Esta danza-meditación es acompañada por la música de flautas, laúdes y panderos.


    Seguimos el recorrido por otros edificios del complejo, de bella arquitectura, en los que se exponen ejemplares manuscritos miniados del Corán, instrumentos musicales, obras originales de Mevlana, reliquias del profeta (arqueta con pelos de la barba de Mahoma), valiosos y antiquísimos tapices, taraceas, etc. Del techo cuelgan lámparas espectaculares. Ya de nuevo en el patio, entramos en el edificio de las antiguas cocinas, donde se recrea con maniquíes la vida cotidiana de los derviches.



    Salimos atravesando un patio ajardinado donde hay servicios y una tienda de recuerdos. El guía nos comunica que el bus va a tardar un poco, pues tiene que arreglar un problema con el tacógrafo. Algunos aprovechamos para rodear la mezquita que está casi adosada al monasterio, la Selimiye Camii, construida en estilo otomano en el siglo XVI y que tiene un precioso pórtico con cúpulas y pechinas blancas bellamente decoradas. Si uno cruza la calle, frente a la entrada del monasterio, penetra en un oasis dentro de la ciudad. Se trata de un cementerio, surcado por callecitas asfaltadas flanqueadas por macizos de flores y sombreadas por  tupidos árboles. De trecho en trecho bancos de madera y alguna fuente permiten al visitante aislarse de los ruidos del tráfico, disfrutar del canto de los pájaros, mitigar el calor de junio y admirar el colorido y la melancólica belleza de las abigarradas lápidas.





    Tras una larga espera a la puerta del mausoleo, llega por fin el bus y a las 11:50 h partimos de Konya en dirección a Pamukkale. A las 14 h nos detenemos en un restaurante de carretera enorme, algo destartalado y de estética difícil de definir. Es una gran estructura circular, acristalada, organizada alrededor de una fuente central.

    El menú está compuesto por una sopa de lentejas muy rica (que pocos prueban), ensalada, dos trozos de pizza y kebab de pollo en brocheta con arroz. Se puede elegir entre varios postres. El fondo común paga las botellas de agua.

     Continuamos viaje hasta que a las 17:10 encontramos el tráfico detenido. La gente baja de los vehículos porque parece que la cosa va para rato. Bajamos también nosotros. Nos enteramos de que la causa de la detención es una voladura en las obras de ensanchamiento de la carretera. Cuando por fin se nos da paso asistimos a una carrera desordenada de adelantamientos por la izquierda y la derecha, aprovechando que aún no se les ha dado paso a los vehículos que vienen en dirección contraria.

     Diez minutos después paramos, al igual que otros muchos autobuses, en un bar de carretera rodeado de tiendas de recuerdos para turistas.

    Continuamos viaje, dejando a un lado vastas extensiones de agua que nos parecen salinas. El guía nos aclara que se trata de explotaciones de sosa cáustica. Divisamos a lo lejos el blancor del Castillo de Algodón, que refulge al sol de la tarde. A sólo 6 km de Pamukkale, y como si lleváramos poco retraso, nos paran los gendarmes y piden los papeles del bus y el disco del tacógrafo. Sedat nos aclara que, tras un accidente ocurrido el año pasado con un bus de turistas, la policía es muy exigente con este tipo de vehículos.

    A las 20 h llegamos al Hotel Richmond Thermal. Es un hotel excelente, enorme, moderno. Repartimos las habitaciones y nos citamos para la cena a las 20:15.
El comedor es enorme y bien decorado, pero la oferta del bufé es más aparente que real. Abundan, eso sí, las ensaladas de todo tipo. Tenemos que pagar del fondo el agua mineral.
Acabada la cena nos disponemos a conocer de las instalaciones del hotel, especialmente de las aguas termales.

    Existe una piscina termal cubierta y, junto a ella, jacuzzi y sauna. Los empleados del hotel facilitan un gorrito y una toalla. En el exterior hay otra piscina termal, más modesta, y una gran piscina de verano. La gente se reparte según sus gustos, pero como la pìscina cubierta cierra a las 22 h, aprovechamos para disfrutar de ella.

    Nos dicen que va a haber un espectáculo de danza del vientre, aunque algunos no tenemos muy claro dónde. Finalmente nos enteramos de que tendrá lugar en el chiringuito que hay junto a la gran piscina. Nos cambiamos y acudimos. Efectivamente hay una bailarina de danza del vientre que se empeña en sacar a la pista a alguno de los espectadores. Como consecuencia, cada vez que se acerca a nosotros, se inicia la desbandada. Acabado ese espectáculo, un par de músicos va a amenizar la noche interpretando canciones de diversa procedencia. Los profes nos sentamos en una mesa y Roberto invita a unos cócteles. Casi todos los alumnos juegan y chapotean en la piscina. Es una manera muy relajada de acabar una dura jornada de autobús tras haber cubierto unos 650 km.








Día 23 de junio, miércoles. Pamukkale (Hierápolis)

    Nos despiertan a las 7:30 h. Tras el desayuno aprovechamos para hacer algunas fotos de las instalaciones del hotel. El día ha amanecido gris, aunque a esta hora no parece que vaya a llover. Deberíamos salir a las 8:30, pero debemos esperar otros veinte minutos, porque faltan algunos alumnos, que se han quedado dormidos. Se les sanciona con una multa, pero lo cierto es que nos hacen perder un tiempo precioso.

   

    Salimos hacia Pamukkale. En 15 minutos nos ponemos allí. Llegamos a la entrada. Bajo una enorme cubierta triangular encontramos tiendas de recuerdos y cafeterías para los turistas. Al lado está la taquilla. Pasamos por los tornos de entrada al recinto. Un largo camino preparado y señalizado, flanqueado de cercados de madera, nos lleva hasta las inmediaciones de las grandes termas, convertidas ahora en museo.


    Hierápolis  (ciudad sagrada) fue fundada en el siglo II por Eumenes, rey de Pérgamo. Profundamente romanizada, fue sucesivamente destruida por los terremotos de los años 17 y 60 de nuestra era. Las aguas termales la convirtieron en una especie de "ciudad de la salud". Desde todo el imperio acudían a ella miles de personas buscando solución a sus enfermedades. Los peregrinos ricos encargaban suntuosas sepulturas, bien para el caso de que no lograran superar su enfermedad, bien como acto propiciatorio. El genio constructivo de los romanos y su gusto por los baños públicos animó a la construcción de grandes termas.


     En época de expansión del cristianismo Hierápolis cobró nueva importancia pues se suponía que en ella recibió martirio el apóstol Felipe. También en época bizantina fue una ciudad floreciente. Posteriormente fue conquistada por los turcos selyúcidas que le dieron el nombre de Pamukkale (Castillo de Algodón). Finalmente, como consecuencia de nuevos y destructivos terremotos, la ciudad fue abandonada.

    Nuestro guía no parece muy dispuesto a trabajar. Llegados a un punto, nos señala el teatro, situado en la falda de una colina, a unos 500 m. Nos cita para una hora después. En ese tiempo se supone que podremos visitar el teatro, volver y dedicar un rato a los travertinos.


     Nos ponemos en marcha. Dejamos a la derecha las grandes termas y encontramos primeramente la piscina sagrada, de aguas termales, que rodeamos. El camino de tierra que lleva hasta el teatro nos permite ver una enorme cantidad de restos arqueológicos dispersos que atravesaremos a la vuelta. La entrada turística al teatro se realiza por la parte alta del graderío. Se trata de una grandiosa construcción con cabida para 12.000 espectadores, levantada en el siglo III d. C. sobre los restos de un teatro anterior. Fue restaurado en la década de 1970 y es uno de los mejores ejemplos de teatro romano que hoy es posible ver.


    El graderío tiene 50 filas en dos niveles y diez sectores. Se conservan los relieves de los asientos de honor. Las estatuas originales del proscenio y de la escena están en el museo. Por encima de la escena la mirada vuela hacia un amplísimo horizonte en el que refulge el blancor de los travertinos. Nos quedamos un rato disfrutando del soberbio panorama y haciendo algunas fotos de grupo. Luego iniciamos la vuelta, pero atravesando por los numerosos restos de columnas, aras y otros elementos arquitectónicos que yacen en confusión por doquier.


    Continuamos descendiendo y pasamos junto al basamento del templo de Apolo. Se trataba, como el de Delfos, de un templo oracular, atendido por sacerdotes. Lo más visible es la escalinata frontal del podio y algunas columnas que han levantado los restauradores. En su costado derecho hay una puerta abovedada, hoy sellada, que daba paso a una cámara subterránea, el Plutonium,  en la que brotaba un manantial y de la que emanaban gases tóxicos. La imaginación popular hacía del Plutonium una de las entradas al infierno.


    Junto al templo de Apolo se alza la mole del Ninfeo y, un poco más abajo, está la Piscina Sagrada, hoy rebautizada como Piscina de Cleopatra. Se trata de un estanque de aguas termales, usado desde tiempos antiguos, de poca profundidad, en cuyo fondo yacen tambores de columnas de mármol abatidas por los movimientos sísmicos, que dan un encanto especial al baño. El estanque está bordeado de adelfas. Palmeras y pinos le dan sombra. Hay que pagar para poder bañarse. Nosotros nos limitamos a dar un paseo y hacer algunas fotos.






    Desde allí nos dirigimos a los travertinos. Disponemos de muy poco tiempo. Nos descalzamos y penetramos en el Castillo de Algodón, una prodigiosa formación geológica declarada Patrimonio de la Humanidad. Los manantiales que brotan a 35° C son ricos en carbonato de calcio, cuyos depósitos han formado esta enorme extensión blanca, los estanques y terrazas que descienden por la ladera, las estalactitas que sugieren un paisaje congelado o petrificado, único en el mundo.


     Desgraciadamente la presión turística ha estado a punto de dar al traste con tanta maravilla. Los hoteles que se construyeron en lo alto (incluso destruyendo restos arqueológicos) desviaron las aguas termales de los manantiales hasta sus propias instalaciones. Los estanques empezaron a secarse y a cambiar de color. Para colmo se abrió una rampa asfaltada para facilitar el acceso de los turistas, que pululaban por la zona con zapatos, se bañaban en los estanques y se lavaban en ellos la cabeza con champú, atravesaban la zona en moto o bicicleta.


    Se dio la voz de alarma y las autoridades reaccionaron. Se demolieron algunos hoteles, la rampa fue reacondicionada con la construcción de estanques artificiales y de una pequeña acequia que recoge el agua sobrante. Los auténticos estanques quedan un poco apartados.

    En general los turistas acceden sólo a esta rampa y descalzos. Eso es lo que hacemos nosotros. Poco acostumbrados a andar descalzos por superficies resbaladizas o muy rugosas, descendemos lentamente, nos hacemos fotos en los estanques artificiales, con el agua hasta las rodillas, y observamos los cambios de color que provoca la situación cambiante del cielo. Sólo podemos estar un rato. Poco a poco nos vamos reuniendo en el punto de cita con el guía, con media hora de retraso.





    Son las 11 h y vamos a atravesar el recinto arqueológico de Hierápolis y la gran necrópolis para llegar a la salida norte, donde nos espera el autobús.


    Siguiendo un sendero muy cuidado, rodeado de jardines, y que corre paralelo a los travertinos, nos acercamos al eje central de la ciudad, la calle de Frontino. Antes de traspasar la primera puerta, el guía nos hace desviarnos a la derecha para buscar entre las ruinas el templo de Apolo. Lógicamente no lo encuentra porque está muy atrás, pasamos a su lado cuando volvíamos del teatro.


     Volvemos a la calle principal y antes de cruzar la puerta bizantina dejamos a nuestra derecha las ruinas del Ninfeo de los Tritones, una de las dos grandes fuentes monumentales de la ciudad. Su fachada tenía una anchura de 60 m.

    Atravesada la puerta se entra en la parte más noble de la ciudad. La calle está pavimentada con grandes losas de piedra. A ambos lados se alzaban pórticos. Distinguimos al fondo otra puerta, la de Domiciano. A la derecha destacan las ruinas de las letrinas, que conservan en pie columnas y arquitrabes. Más a la derecha se abría el vasto espacio del ágora. La puerta de Domiciano, mandada construir en el 82 d. C por el procónsul Julio Frontino, tiene tres arcos flanqueados por torres cilíndricas.






    Al salir por esta puerta divisamos a la derecha las ruinas de unas termas convertidas más tarde en basílica cristiana. Y enseguida empieza la gran necrópolis de Hierápolis. A uno y otro lado del camino casi mil doscientas tumbas de todos los tamaños, formas y decoraciones se agrupan sin orden alguno. Sarcófagos, grandes mausoleos, un grupo de tumbas redondas de gran tamaño... Las hay muy bien conservadas y otras que sufrieron deterioros por los saqueos. Algunas están semienterradas, en otras es posible asomarse o entrar. Es un espectáculo fascinante.


    Empiezan a caer gotas. El cielo encapotado y el viento racheado y húmedo que se ha levantado añaden encanto a este paisaje melancólico y de colores apagados. Pococ a poco las gotas se transforman en una lluvia suave. Aligeramos el paso. Se detiene junto a nosotros un microbús y suben algunos de nuestro grupo (los más cobardes, todo hay que decirlo). Los demás continuamos atravesando la necrópolis. Comienza a llover con fuerza. Casi nadie lleva paraguas, excepto el previsor Roberto. Algunos inician una carrera hasta la salida.







    Llegamos empapados al bus. No hay posibilidad de cambiarse de ropa, así que algunos iniciamos el camino hacia Éfeso con la ropa mojada. Llueve con gran intensidad y el bus tiene algunas goteras.

   



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